Sean felices los niños

Los niños de Simeone son felices. El Metropolitano los recibía por primera vez, en ese día especial en el que se juntan la generación que los trae y la que los va a sostener y todo lo que se podía ver en la grada eran sonrisas apabullantes, ilusiones desbordadas. Atrás quedaron aquellos otros niños que reflejaban desconcierto, abnegación, resistencia. Los niños de Simeone, los que están creciendo mientras él rige los destinos de este Atleti excepcional están viviendo la infancia más feliz que sus padres pudieron nunca imaginar. 115 años contigo, reflejaba el tifo que los recibía, un mosaico para la Historia que fue el primero de los muchos que habrán de construir la gloria de este nuevo hogar.

El convidado de piedra, que antes podría tornarse en verdugo implacable, fue el Levante, un equipo que duró en pie lo que tardó en entregar el primer gol y a partir de ahí, el Atleti ofreció una nueva fiesta a sus niños, aun a riesgo de que estos no sepan que los días de vino y rosas no suelen ser para siempre.

Simeone rotó poco, porque no tiene mucho donde apoyarse, y porque lleva hasta el extremo su máxima de que el único partido importante es el siguiente. Nadie piensa en el Arsenal, ni en reservar jugadores, ni en dar la oportunidad al filial. Nadie piensa en que la Champions está matemáticamente asegurada, y que incluso hay bastante margen para aguantar con solvencia el subcampeonato. Nadie, y menos que nadie Simeone piensa más allá del próximo partido y así puso en liza lo mejor que tenía para alinear. El medio para Saúl y Koke de nuevo, Correa y Vitolo a los costados, pareja de franceses en la delantera. El Atleti tocó mucho y bien durante la primera mitad, apoyado en una pareja de mediocentros con una marcada vocación ofensiva pero, sobre todo, en un Vitolo que tal vez por primera vez se mostró como el fichaje que el Atleti hizo y necesita. El de Gran Canaria se movió por todo el flanco de ataque, condujo con precisión, descargó cuando fue necesario, combinó sin descanso. Brilló. De ese continuo aparecer le cayó la pelota a Correa dentro del área tras una diagonal del veintitrés atlético y el argentino, haciendo alarde de su regate, casi sienta tres defensores levantinos de una tacada para ajustar la pelota al palo largo de Oier. El Atleti había abierto el marcador y empezó a jugar a placer.

Correa y Griezmann celebran el golazo del francés. Foto: RUBÉN DE LA FUENTE

Correa y Griezmann celebran el golazo del francés. Foto: RUBÉN DE LA FUENTE

Nada más iniciar la segunda mitad, en una jugada por la derecha, Vrsaljko centró en semifallo una pelota que agarró Griezmann en el área grande con la derecha. A bote pronto el francés mandó un disparo a la escuadra levantinista. Otro golazo del pequeño príncipe que finiquitaba por completo el partido. Ahí Simeone empezó a administrar esfuerzos y sentó a Griezmann, a Koke, y por último a Vitolo. Desde entonces, ya sin la intensidad competitiva del resultado, el partido, el Metropolitano, los niños y los mayores sólo centraron la mirada en las galopadas del Niño por la banda. Torres tiraba desmarques con treinta y cuatro años como si fuese su primer día, consciente de que se acaban las oportunidades de galopar con la camiseta de su vida. Todos lo miraban, en cada esfuerzo, en cada control, en cada toque, en cada carrera. Es como de alguna manera quisieran devolver con esa atención desmedida todo aquello que él les dio, cuando los niños que acudían a verlo a él no dibujaban tantas sonrisas en sus rostros. El Niño eterno del Atlético agarró un pase de Correa dentro del área y de primera, como siempre hacía, descerrajó otro golazo sobre la portería del Levante. El Metropolitano soñaba que la presencia del Niño es infinita y que nada de lo que va a suceder podría nunca suceder. Torres cerró el marcador de un partido sin historia haciendo felices a tanta gente que lo quiere con el mismo cariño con el que quieren a sus propios hijos. Hasta el final, cada minuto que pase sobre el césped será un sufrimiento alegre, una sensación extraña, una despedida

 

Fotos: RUBÉN DE LA FUENTE

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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