¿Por qué llora toda esa gente?

¿Por qué llora toda esa gente? ¿Por qué lloran los jóvenes, que apenas lo han visto? ¿Por qué lloran los mayores, que vieron a Adelardo y a Gárate? ¿Por qué todo el mundo está ahí parado, sin querer marcharse, como si pretendiesen retener este momento para que no sucediese nunca, para que no terminara nunca? No es el jugador que más goles marcó, ni el que más partidos jugó, no es el jugador que decidió resignadamente no marcharse, ni tampoco el que más tiempo estuvo, ni siquiera el que más brilló. Pero todos estaban ahí, mirándolo a él, queriendo guardar cada gesto suyo, pero también con su mente en otro sitio, en un momento del tiempo de este periodo inmenso que abarca los años que llevaron del infierno hasta la gloria: el dorsal treinta y cinco, el gol en Albacete, el niño en Neptuno para celebrar un regreso, el gol al Betis, los goles al Barcelona, el del Deportivo, el del Madrid, las lágrimas de la primera despedida, el gol de Viena, la bufanda anudada en la muñeca, el Calderón lleno, su sincero y semptierno beso al escudo.

¿Por qué llora toda esa gente? Lloran porque sienten, lloran porque aman. No se quiere a quien lo pide, ni tampoco a quien lo compra. No tal. El amor es un ente extraño, que aparece entre gentes que ven la vida de la misma manera. El amor no es algo que abunde en el fútbol, no es algo que apenas exista, pero a veces sucede una comunión perfecta entre quien está en la grada y quien está en el césped porque el uno representa los valores del otro y viceversa. Es un hecho excepcional y de ahí surge un estadio lleno, una afición rendida. Que llora, de pena por verlo marchar, de alegría por haberlo tenido. Lloran todos, los viejos y los nuevos, porque él es el icono que representa todo aquello que son, cada una de las cosas por las que sienten ese especial orgullo que los hace diferentes.

Ayer, con el segundo puesto ya asegurado en Liga, el Metropolitano volvió a llenarse hasta la bandera para ver lo que parecía un partido intrascendente, un partido sin nada en juego, contra el Eibar. Ese partido no era nada para quien no consigue ver la realidad a través de la óptica del Atleti, pero era todo para las gentes que viven en rojo y blanco. Era tal vez el partido más determinante de la temporada para ellos, era el partido en el que el Niño eterno vestiría por última vez la camiseta del Atlético de Madrid, el partido en el que todos debían estar juntos para ver sus últimas carreras, sus últimos goles, sus últimas palabras con la camiseta de jugador puesta. Era el día en el que todos querían mostrar su agradecimiento, querían llorar con él la pena de no volver a gritar un gol juntos, sumergirse en la nostalgia de las personas que eran aquel día tan lejano en el que saltó con el 35 a la espalda, sin saber todavía que sería el único cimiento sólido para que la casa de toda la familia no se viniera al suelo.

Torres celebra sus últimos goles en el Metropolitano. Foto: Rubén de la Fuente

Torres celebra sus últimos goles en el Metropolitano. Foto: Rubén de la Fuente

Salió Fernando con el compromiso de siempre, hizo dos goles que el Eibar contrarrestó con un empate que no recordará nadie, porque todos retendrán en su memoria la manera en la que Torres agarró los colores de su camiseta en el primer gol, la manera en la que fue a abrazarse con su gente en el segundo, ahí, frente al escudo auténtico, en una foto que quedará en la memoria colectiva de este club. Después, todos mostraron su respeto y su cariño, los veteranos, sus mentores, sus compañeros, la grada, la familia atlética al completo.

Fernando Torres representa como nadie los valores sobre los que el Atlético de Madrid ha construido su Historia y su relato actual y en su discurso de despedida, breve y conciso, hizo gala de todos y cada uno de ellos. Le dio las gracias a Luis, que le había enseñado tanto, a su abuelo, “por darle el mejor regalo que se puede dar a un nieto, hacerlo del Atlético de Madrid”, a sus padres, por enseñarle los valores que después reforzó el club: humildad, trabajo, no rendirse nunca. Agradeció a sus compañeros por haberle permitido jugar en el Atleti que siempre soñó, un Atleti grande, campeón, que no tiene que bajar la mirada ante nadie. Agradeció a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, que se gastaban sus ahorros en comprarle las botas. Agradeció a la afición, que lo ama de esa manera tan incondicional. Se despidió de todos y dio una vuelta completa al campo, como si quisiera decir hasta luego uno a uno a toda esa gente que lo ama tanto, y en ella pidió que cantaran con él el himno del Atlético de Madrid, “la canción más bonita del mundo”.

Vuelve pronto Fernando, los que ayer te lloramos ya te estamos esperando.

 

Fotos: Rubén de la Fuente

 

Author: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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3 Comments

  1. Fantástico, cierto si no lo sientes no lo entiendes, el Atlético como forma de vida. Gracias

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  2. Yo estuve alli y tambien se me saltaron las lagrimas en muchos momentos de su despedida y sabeis por que, es muy sencillo Fernando es de los nuestros de los que sienten las derrotas como yo las siento, de los que disfrutan de las victorias como yo las disfruto y cuando le oigo hablar en la radio me siento reflejado en sus comentarios por que me identifico en todo lo que dice.
    Hasta siempre Fernando.

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