400 veces Cholo

Tocaba la vuelta de esta primera ronda de chiste que es la Copa del Rey y la atención estaba sobre todo en celebrar los cuatrocientos partidos de Simeone en el Atleti, una cantidad increíble que lo coloca, junto a Aragonés, como el gran entrenador de siempre de la entidad. El partido parecía intrascendente, con las cámaras apuntando a la jaula de cristal donde se encontraba Simeone, todavía sancionado por la eliminación de la campaña anterior.

Parecía intrascendente porque realmente lo era pero aun así, sirvió para dibujar una bonita metáfora de lo que han representado estos 400 partidos con Simeone. El Atleti de la primera parte fue el de antes del Cholo, un equipo atribulado en el que los que tenían la oportunidad de aprovechar los minutos se limitaron a pasar por allí, un equipo sin respeto por la inferioridad del rival, dejándose llevar, como si no quisiera estar allí. El resultado de ese cóctel mortífero es el equipo de antes de Simeone, un conjunto sin personalidad que puede ser zarandeado por cualquiera, incluido el Sant Andreu, un equipo de Tercera división. Los catalanes estuvieron muy cerca de equilibrar la eliminatoria, incluso de superarla, sólo los palos y Adán, muy concentrado, evitaron el desastre. La mirada del Cholo desde la distancia imponía.

Llegó el descanso y lo verdaderamente interesante del partido no podremos contarlo, porque sucedió en el vestuario, en esos quince minutos en los que Simeone bajó desde el retiro y habló a los suyos. Lo trascendental no podremos contarlo porque pertenece al secreto de sumario, pero podemos imaginarlo con lo que sucedió después. En la segunda mitad compareció el Atleti actual, el Atleti del Cholo, el de los cuatrocientos partidos. Gelson se quedó fuera, también el chaval Moyá, que no tuvo culpa, pero había que mandar un mensaje, sacar a quien realmente se la está jugando por estos colores, poner a Saúl en el lateral, a Rodrigo en el medio centro, Lemar al ataque y empezar de nuevo como si el oprobio de la primera mitad no hubiera ocurrido.

Por fin Kalinic consiguió su primer gol como rojiblanco. Foto: Rubén de la Fuente

Por fin Kalinic consiguió su primer gol como rojiblanco. Foto: Rubén de la Fuente

En nueve minutos los locales hicieron tres goles. Lemar con un derechazo desde la frontal, Kalinic, rematando un centro de Arias y quitándose por fin esa pesada mochila que es la ausencia del gol para un nueve y cómo no, Correa, con una delicatessen con el exterior dentro del área. El Atleti volvió a ser el actual y respetó a su rival de la manera que debe hacerlo, compitiendo con toda su energía, mostrando su superioridad aplastante, no dando pábulo a dimes y diretes. Completó el resultado Vitolo, otro de los que necesitan exprimir al máximo los minutos de los que disponen, sea frente al Sant Andreu o frente al Bayern de Munich. Y al final, todos acabaron felices, el Sant Andreu por haber alimentado un sueño durante cuarenta y cinco minutos, por haber podido jugar en tan imponente escenario de tú a tú a tan imponente rival y el Atleti, por haber vuelto a ser lo que es, para poner las 400 velas al Cholo en una nueva ronda de Copa y mostrarle el eterno agradecimiento que supone haber evitado ser lo que era, el equipo perdido de la primera mitad.

Han pasado siete años y cuatrocientos partidos, más de dos mil días que han servido para corregir la deriva a la que parecía abocado el Atlético de Madrid. Diego Pablo Simeone, responsable principal de una gesta que eleva al Atleti a un lugar perdido, tan lejano que parecía pura ciencia ficción. Diego Pablo trajo de vuelta el pasado, un tiempo pretérito y actualizado. El Atleti irredento, luchador, perfecto antídoto contra el poder, contra el abuso de autoridad, un equipo necesario para recordar al mundo que esto no es sólo una cuestión de dinero, también de valores; los trajo dentro, los transmitió fuera, los intenta grabar de manera indeleble en cada rincón del club. 400 partidos que no se acabarán nunca, 400 partidos que ojalá puedan ser cuatro mil.

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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