Separaciones, fotos y venéreas

Jugadores como Godín suelen encajar bien en el Atleti, donde la sangre caliente siempre es bien acogida. El uruguayo es un futbolista de otro tiempo, en blanco y negro, que rimaría sin problema con Griffa u Ovejero. De los que al cabecear un balón te salpica de vigor, jerarquía y antecedentes penales. De los que aún celebra los goles con un grito y alzando los brazos con rabia, sin el ritual de gestos, besos y burocracia que luce algún otro defensa. Un jugador contundente, de los que impone su ley a riesgo de lastimarse. Ocurre con los jugadores como con las banderas, que los queremos más cuando los hemos visto manchados de sangre. Y al uruguayo le hemos visto manchado muchas veces.

Y eso que con Godín no fue un amor a bocajarro. El Atleti, tras años fichando defensas sacados de Wallapop, buscaba un líder para su retaguardia, sin que las apuestas por Heitinga o Ujfalusi terminasen de convencer. Pero Diego en su primera temporada mantuvo una línea irregular, sin alcanzar el nivel mostrado en Villarreal, y no faltaron rumores que le situaban lejos del Calderón. Todo cambió el segundo año con la llegada de Simeone. Haciendo pareja inicialmente con Miranda y luego con Giménez o Savic, se convirtió en uno de los baluartes del equipo, hasta el punto que su imagen en algunos partidos, inexpugnable, achicando agua en el área del Atleti, pasará por uno de los emblemas de esta época. El testarazo que nos dio la Liga en Barcelona, es ya directamente un recuerdo por el que siempre tendrá la llave de nuestra gratitud, nuestro afecto o nuestra cuenta corriente.

La renovación de Godín estaba condicionada por la norma de renovar por una temporada a los mayores de treinta años. Esta decisión, tomada desde la lógica empresarial, parecería correcta si esto fuese banca, seguros o contabilidad, pero olvida que si algo tiene el fútbol es un componente afectivo e irracional alejado de la lógica, y que el vínculo con el uruguayo traspasaba lo laboral. Todavía cuesta más digerir esta decisión cuando su recambio pisa la treintena y le ofrecen un contrato de tres años. Su adiós deja así la sensación de que el Atleti ha actuado como esos que cuando tienen una pareja que les quiere, les cuida y les es leal, prefieren tener una aventura con un desconocido, que les dé incertidumbre, problemas y la posibilidad de contagiarle alguna enfermedad venérea. Pese a todo, Godín se despidió del Atleti como Humphrey Bogart de Ingrid Bergman en Casablanca, sin reproches y haciendo lo mejor para todos, aunque lejos de lo que a él le gustaría.

Triste despedida de un niño malcriado. Foto: Rubén de la Fuente

Su despedida contrastó con la de Griezmann, que empujado por el club hizo pública su intención de dejar el Atleti en un vídeo improvisado. El francés, lejos de lo que podría parecer, ha suscitado hartazgo e indiferencia en lo sentimental. Muy mal ha debido hacerlo cuando el quinto goleador de la historia del Atleti se marcha así. A pesar de su estatus de estrella absoluta en el equipo, Griezmann decidió marcharse, y los atléticos hemos comprendido que aunque le dimos las llaves de nuestra casa, un cajón en nuestra habitación y un cepillo de dientes al lado del nuestro, que mientras nosotros nos ilusionábamos con que esta relación sería duradera, los niños se encariñaban con él y nuestros mayores vislumbraban un matrimonio feliz, él sólo tenía en mente hacer bien su trabajo, vestirse, coger el dinero pactado de la mesilla de noche y largarse a por otro, dejándonos por nota un triste vídeo de despedida.

Juanfran Torres fue el siguiente en despedirse, arropado por compañeros, empleados del club y por Raúl García, Gabi y Tiago, que quisieron estar cerca de él. Pretoriano de guardia de Simeone, el crevillentino además de un excelente jugador, representa todas las virtudes que puede tener un jugador de equipo. Ha corrido más de lo que la lógica, lo correcto o la sensatez habrían recomendado, hasta dejar la banda derecha del Atleti anegada de compromiso, honradez y profesionalidad. Consideró que era el momento de separarnos, pero será uno de esos ex con los que conservaremos una relación íntima, sabedores de que en cualquier momento le podrías confiar los ahorros, el piso o la custodia de los niños. Igual que con Godín, de Juanfran siempre tendremos grabada una imagen: aquella en Milán tras la tragedia, inconsolable y vencido por las lágrimas, pidiendo perdón a la grada. Conservaremos esa imagen, pero no porque le guardemos rencor alguno, sino porque todos supimos que aquellos llantos eran también los de un atlético de corazón. Porque supimos que, cuando aquel maldito balón golpeó en el palo, el que había lanzado ese penalti era para siempre uno de los nuestros. Allá donde esté.

Fotos: Rubén de la Fuente

Autor: Pike Bishop

50% de Bishop and Gittes. La mitad legal, concretamente. En esta vida de lo que realmente sé es de bares y del Atleti. Del resto, un mero aficionado.

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1 Comentario

  1. Una cosa es ser un extraordinario jugador que atesora los valores característicos del Atleti como son el compromiso, el pundonor o el coraje y otra es otorgar el título de atlético (o atletista) de corazón.
    Las lágrimas de Milán no me convencen para dar ese título a Juanfran, y no me convencen porque las lágrimas se han convertido en un recurso fácil usado por muchos para ablandar a cualquier afición.
    A mi, que soy atletista de corazón, me convencen los detalles porque son espontáneos y suelen reflejar un sentimiento interior verdadero, como aquel, «…y usted no pise ese escudo «que le lanzó Luis Aragonés a un juez de línea un poco puntilloso o aquel Adelardo desafiando a Jonhstone en la batalla de Glasgow del 74.
    Estos detalles no los vi en Milán (ni en Lisboa), ni durante ni después del partido, donde nos jugábamos el mayor éxito deportivo de la historia y donde fuimos asaltados por un nefasto colegiado inglés ante la pasividad de todos.
    En cambio, el detalle si apareció cuando soltó en la zona mixta del Camp Nou un «vaya robo» tras un partido de ida de la Champions frente al Barcelona.

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