Gabi: yo confieso

No eran los mejores tiempos. Veníamos de ser campeones, parecía que por fin habíamos llegado a ese punto que nos iba a permitir recuperar el terreno perdido, volver a ser lo que fuimos. Pero todo resultó ser un fiasco, un lejano espejismo. Volvíamos a lo mismo, otra temporada de fracaso y la reconstrucción del enésimo proyecto desde cero fue confiada a Gregorio Manzano, la desolación empujaba, tal vez eso pueda ser el primer atenuante, pero lo cierto es que en un momento, cuando se anunciaba la vuelta del capitán, yo lo recibí con una frase lacerante de la cual me he estado arrepintiendo durante más de seis años: ¿pero dónde vamos con Gabi? Sí, eso dije, que dónde íbamos con Gabi.

En una silenciosa justicia poética con Gabi fuimos a un lugar que ni siquiera alcanzábamos a soñar, ciertamente. Y yo me la pasé arrepintiéndome de mis palabras y tratando de encontrar el modo de redimirlas. Para mí Gabi se convirtió en el icono imprescindible de esta época dorada, que es en la que están creciendo mis hijos, aún pequeños, que todavía valoran más el gol que la anticipación, el regate que la carrera hacia atrás, niños a los que les cuesta entender que la grandeza de un jugador no se mide en los tatuajes que lleva. Me empleé a fondo en explicarles a ellos por qué en nuestras camisetas va siempre el 14 y no el nueve ni el siete. En contarles por qué el nombre de Gabi no se borra nunca.

Gabi nos trajo la gloria deportiva, sí, sólo hay que mirar el palmarés para verlo, o cerrar los ojos, y recordar aquel abrazo arrodillado en Barcelona, o la foto de Tania en Neptuno en la que conquistaba el cielo de Madrid. Pero nos dejó una cosa mucho más importante, nos dejó un modelo de comportamiento, una metáfora de vida, un ejemplo en el éxito y en el fracaso, en la derrota y en el triunfo. Gabi supo canalizar todos esos valores que se difuminaban dispersos en tantos años de árido desierto, valores antiguos por los que cada uno de nosotros somos de este equipo y no de otro. El capitán supo coser en su brazalete el esfuerzo innegociable, la solidaridad, el equipo, la lucha incansable ante el poder que viene dado, el escudo bordado por dentro de la piel, como se encargó de apostillar – aunque no hiciera falta – en el corolario de su despedida. Gabi se convirtió en una referencia para explicarle a los chicos por qué es importante ayudar al que tiene dificultades, y porqué nunca hay que vanagloriarse en exceso; la victoria y la derrota están siempre más cerca de lo que parece. Gabi nos enseñó que cada éxito se construye sobre la base de algunos fracasos y de un trabajo constante, que el fútbol, como la vida, no debe ser un lugar en el que alimentar el ego de sólo unos pocos, que aquí contamos todos, que uno solo nunca puede ser más importante que todos juntos.

Yo confieso Gabi, que pregunté sarcásticamente dónde íbamos contigo y que me arrepiento y me alegro tanto de que nos hayas traído hasta aquí. Que nunca conocí un capitán como tú, alguien de quien sentir orgullo; tal vez por vez primera la gente de nuestra generación supo lo que debe ser un capitán del Atlético de Madrid. Yo confieso Gabi, que nunca dejaré de contar cuán felices nos hiciste, de clamar por las injusticias que se cometieron contigo, de loar tu legado, que permanecerá por encima del rumor de los títulos y los triunfos. Gracias por todo capitán. Vuelve pronto a este lugar del que nunca te vas a poder ir. Estás en el corazón, pisaste la tierra para descubrir el sendero que parecía borrado. Nos lo recordaste todo capitán.

 

Photo by Matthew Ashton – AMA/Getty Images

 

 

Author: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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