Una gesta cotidiana (1-1)

El Leicester conserva intacto el espíritu centenario del fútbol inglés. Incluso en un estadio nuevo, ha conseguido transportar los viejos valores antiguos. No ha perdido mucho en el camino, ricos y millonarios propietarios mediante. En sus paredes se respira fútbol, Historia, respeto al pasado y al rival, el césped todavía puede olerse desde la grada y el fútbol no sólo se ve, se escucha: ronco, simple, vertical, entusiasmando. El Atlético podría ser perfectamente un equipo inglés, y cosas curiosas, un argentino le va poco a poco devolviendo sus valores de siempre. Lo hace ganando, que es lo único que cuenta, pero sobre todo lo hace por la manera en la que gana. Dominó, supo sufrir y venció, es un equipo histórico que apeó al Leicester de un sueño que había comenzado un año antes con una hazaña increíble, que cayó de pie y con la dignidad intacta.

Simeone sabía que el Leicester no se volvería loco buscando un resultado y decidió tratar de controlar el choque desde el principio. Metió a Giménez en el medio, que volvió hacer un gran partido, primero como mediocentro, y después a donde lo llevaron las circunstancias del juego y salió sin un delantero puro, dejando la faceta ofensiva a la libertad de Griezmann y Carrasco para asociarse. El control del Atleti fue total, como en el Calderón, y fue amasando el partido, dejando el tiempo volar, hasta que Filipe puso un centro que Saúl atacó con inteligencia, llegando desde atrás y colocando un cabezazo picado a pie cambiado que puso el cero a uno en el marcador. Era el gol que el Atleti necesitaba para asegurar su pase, para no sufrir, y todos en el King Power Stadium parecían tener muy claro eso. El Leicester bajó los brazos, como lo hizo su excepcional hinchada, que hasta entonces había combatido la inferioridad en el césped con ese aliento ronco que emana de los viejos campos ingleses.

Pero es la Champions, que como bien sabe Simeone, no concede batallas fáciles. Tras el descanso, Shakespeare hizo dos cambios que resultaron decisivos en los comienzos de la segunda mitad. Entraron Chilwell por Benalouane y Ulloa por Okazaki. El primero dio amplitud al conjunto inglés por la izquierda y convirtió la banda de Juanfran en un infierno que se agravaría tras la lesión del de Crevillente, que trastocó todos los planes del Atlético. El segundo fue el complemento perfecto a Vardy. Ulloa liberó al nueve de la brega y se dedicó a rescatar balones por alto. Vardy, viejo zorro, empleó su espíritu irredento en tratar de recoger todo lo que peleaba el argentino buscando la portería de Oblak. El Leicester, empujado por su hinchada ponía todo lo que tenía, su fútbol directo, inglés, ponía su ilusión y la fuerza siendo consciente de que era la única forma el que podía despedirse del sueño que estaba viviendo y encontró el camino que buscaba con ahínco. Se lesionó Juanfran, al que sustituyó Lucas, y Simeone dispuso la defensa de cuatro con el canterano de central y Savic en la derecha. Ahí se abrió la esperanza en el túnel de los Foxes. La banda de Chilwell percutía una y otra vez y por ahí vino la jugada que acabó con el remate de Vardy a la red. El Leicester volvió a creer con ese gol, alentado por los suyos, y el Atlético sufrió.

Juanfran saluda a la afición mientras se marcha lesionado. Foto: clubatleticodemadrid.com

Juanfran saluda a la afición mientras se marcha lesionado. Foto: clubatleticodemadrid.com

 

Fueron veinte minutos de calvario en los que los madrileños dieron un paso atrás y se vieron superados por el simple y directo juego local. En cada córner, en cada balón parado, en cada saque de banda, el estadio celebraba como si de una pena máxima se tratara. Se generó un ambiente irreal, en el que todos creyeron que la hazaña era posible. El Atlético sufrió porque el Leicester tuvo el segundo, que hubiera dejado la eliminatoria en un hilo, en varias ocasiones, todas ellas de remates que acabaron en los pies de los defensas colchoneros. Fueron veinte minutos de angustia en los que Savic preguntaba constantemente por su posición, en el que todos miraban al banquillo, hasta que un cambio giró de nuevo el partido.

El Cholo dio entrada a Torres por Carrasco pero el cambio definitivo fue el de Correa por Filipe. Con él Simeone reestructuró la defensa, colocó a Godín y Giménez en el medio, Savic al lateral derecho, Lucas al izquierdo y el centro del campo solo para Gabi. Ahí el Leicester desapareció. El capitán del Atlético culminó un partido soberbio: se hizo el dueño de la mitad de la cancha, adelantó al equipo los diez metros que necesitaba, fue a robar allí, recuperó aquí, no perdió un balón, dio pausa, sostuvo el juego. Inconmensurable Gabi y sobre él todos los demás, Correa intentando matar en alguna contra, Torres voluntarioso, y Griezmann mágico, en todos lados, pecando de excesiva generosidad en alguna fase en la que pudo matar de verdad el partido. Ahí el Leicester combativo entregó las armas ante la verdadera superioridad del Atlético. Los locales bajaron los brazos y ofrecieron su rendición honrosa ante un Atleti que es el fiel espejo de equipos como el suyo, un modelo para el fútbol modesto, para aquellos que quieren rebelarse contra el poderoso, para los que insisten en que, al menos aquí, en el fútbol, se puede y las armas son simples, y por todos conocidas. Los hombres de Simeone continúan escribiendo su historia indeleble y están en semifinales de Champions. De nuevo entre los cuatro mejores de Europa: una gesta convertida en cotidiana.

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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