Esto es lo que se siente (2-1)

Durante veinte minutos fue posible lo imposible. Un espacio exiguo de tiempo en el que el Atlético enseñó al mundo por qué amamos el fútbol. Sometió a la lógica, revirtió una realidad desangelada y dibujó un escenario distinto, inesperado, que dejó atónito a todo aquel que estaba pendiente del partido. Durante apenas veinte minutos el estadio Vicente Calderón se estremeció de tal manera que sólo aquellos que conocen en profundidad sus entresijos pudieron situarse en aquel caos maravilloso. Rugir es un verbo pequeño, temblar no alcanza a expresar. La gente se detenía frente a los televisores y miraban a su alrededor, buscando una señal que pudiese agarrarlos a la realidad, algún asidero habitual que pudiera hacerlos despertar de aquella situación, que de tan imposible daba miedo. Y llegó ese asidero del hombre del traje gris, que trajo un despertar amargo que evaporó la magia. Todos volvieron a sus rutinas, unos siguieron el camino a Cardiff subidos en su vehículo de lujo y los otros, los desposeídos, se quedaron bajo el diluvio agradeciendo aquellos veinte minutos que reafirmaban todo lo que siempre quisieron ser.

Simeone y los suyos demostraron desde el minuto uno que sus intenciones en la previa no eran palabrería, y por si alguno dudaba, en el minuto uno Griezmann ya había podido inaugurar el marcador en un remate ajustado que sacó Navas, una de las figuras del partido. En un minuto el Atlético había cumplido con todo el decálogo completo de los clásicos: había dado la primera patada, había mostrado el ceño fruncido al rival, había chutado a puerta, había agarrado de la mano a su gente que desde la grada, crearon un ambiente único, un entorno capaz de invertir las leyes de la vida. El Atlético presionaba y empujaba al Madrid contra su portería, lo hacía con el único argumento de la fe, con el aliento de la locura y así, en el minuto doce, a la salida de un córner, Saúl hizo el primer gol de un cabezazo que convirtió definitivamente el Calderón en un manicomio. En cuatro minutos, ocurrió todo, el Atleti siguió empujando con una pasión desatada, casi olvidando el fútbol, poniendo en cada palmo la vida, en cada disputa, el corazón. Tres minutos después Varane cometió un claro penalti a Torres que convirtió Griezmann para poner la remontada a sólo un gol de distancia cuando todavía quedaba un mundo por jugar. La grada había despojado al partido de lo futbolístico, el Atlético se aferró a esa idea e hizo los dos goles a balón parado, casi sin fútbol, solo con la convicción única de que ese grupo era capaz de hacer cierto aquello que todos daban por imposible.

Y tan cerca estuvo que así se marchó. En este caso, el fin hizo olvidar a los medios, que fueron los únicos que podían marcar la diferencia. Con el dos a cero, Simeone olvidó el entorno y quiso dosificar el esfuerzo, quiso poner razón en la locura y ahí, todo se desvaneció. Los rojiblancos aflojaron el ritmo infernal y el Madrid, hasta entonces desorientado, se agarró a Isco y Modric que empezaron a tener el balón y con él oxigenaron su miedo, reubicaron su agonía y, en poco tiempo, se hicieron dueños de la situación. Consiguieron frenar en el borde del abismo. Los del Cholo dieron dos pasos atrás y comenzaron a esperar al Madrid, buscando el tercero con las viejas armas: orden defensivo y contragolpe mortal. Y ahí murió el Atlético, cuando en el límite del descanso una genialidad de Benzemá destrozó el orden establecido y sirvió un rebote para que Isco hiciera el gol que les daba la vida y el pasaporte a la final de Cardiff.

Después, el Atlético siguió intentándolo pero todo había acabado con el gol. La eliminatoria estaba definida y el partido apenas sirvió para seguir demostrando la dignidad de Torres defendiendo aquello que siente tan suyo, el pulmón desaforado de Gabi que es un jugador que no se acaba nunca, la ineficacia de Gameiro, donde radica uno de los principales males de este equipo, que en el setenta erró un gol cantado que pudo haber abierto de nuevo el camino de la locura y que el Madrid, apaciguado todo, saca jugadores del banquillo con más valor que el fichaje estrella del Atlético. El Real controló con el doble eje Isco-Modric el balón y dosificó sus esfuerzos a través de la pelota. Hizo correr al Atlético y al tiempo hasta el final.

Pero el Calderón dejó un último episodio maravilloso, bajo un aguacero tropical que se desató al final del partido, la gente se quedó en su sitio, recibiendo el agua como una purificación mágica, y cantando a los de enfrente que podían verlo mientras recolocaban a toda prisa sus chubasqueros. Esto es lo que se siente, cantaba la grada a sus rivales empapada de agua pero también de orgullo por unos jugadores que se quedaron en el centro, observando una vez más cómo también se gana cuando se pierde, cómo éste equipo increíble, el Atlético de Madrid, no se construye a base de dinero, ni de victorias ni Copas, sino del reconocimiento de unos valores, sencillos, y con frecuencia olvidados. Por eso el Atlético es distinto, porque no se trata de fútbol, no es tan sólo ganar o perder, sólo había que quedarse allí, observando a la gente bajo la lluvia, después de haber perdido la enésima oportunidad de golpear al rival, agradeciendo la fidelidad a sus principios, la única cosa que nunca van a perder.

 

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

 

 

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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