La vida triste

El fútbol es como la vida, como todos ustedes bien saben. Un día estás feliz, te ves genial en el reflejo de los otros, todos te adoran, pareciera que no pudiera haber nadie más en el mundo que ocupe tu lugar y al siguiente, todo eso ya no existe. Sin razón aparente nos perdemos en la tristeza y apenas reconocemos en el espejo la sombra de aquel triunfador, nos devoran las nuevas circunstancias. Llega el Rayo un recién incorporado a la rueda y te coloca en un rincón, te golpea, te da dos cachetadas, ¿quién creíste que eras?

Así fue, todo eran fastos y fiesta, el Atleti recibía a un recién ascendido y todas las voces estaban alejadas del terreno del juego. La copa del Mundo, Filipe, los ecos de la Supercopa. Todo menos el fútbol, como si la ilusión del barrio de Vallecas pisando un estadio nuevo para ellos no fuera digna de tener en cuenta. Como si ya se hubiera creído que bastaba con el nombre para decantar los partidos. Pero llegó el fútbol humilde y los de Míchel dieron un repaso al Atleti de cabo a rabo en el partido, más consistentes en defensa, más combinativos e imaginativos en ataque, pusieron criterio a su juego, aprovecharon la velocidad y la calidad de Embarba y sólo el peso de la Historia, y del dinero, claro, que es el que al final compra la definición del gol, imposibilitaron que los vallecanos lograran el triunfo, siquiera un empate.

El Atleti deambuló por el partido como una sombra de sí mismo. Con Koke fuera, el 4-3-3 que dispuso Simeone con Rodri como eje, todo ofensivo en apariencia, Lemar, Correa, Griezmann y Costa, resultó un fiasco. Nunca encontraron el encaje del partido, estuvieron a merced, excepto tal vez una fase en la segunda mitad en la que, acuciados por la responsabilidad del resultado, fueron frontalmente al ataque. Ahí, tras la entrada de Thomas por Juanfran, el equipo ganó consistencia y atacó con más criterio. Lo intentó, lejos de su tono habitual y eso le bastó para que Griezmann, en su particular pretemporada, cazara un gol de área en la prolongación de un córner, en el que sería el único disparo a puerta de los colchoneros en la segunda parte.

Griezmann, autor del único gol del partido. Foto: RUBÉN DE LA FUENTE

Griezmann, autor del único gol del partido. Foto: RUBÉN DE LA FUENTE

Para acabar con el cuadro, tras el gol, el Atleti pareció quedarse sin batería. Se arremolinó en su área, fundido, tratando de arrebatar minutos al tiempo mientras el Rayo, con el papel cambiado, tocó y tocó hasta que llegó con una claridad pasmosa a los dominios de Oblak. Ahí apareció la figura del gigante esloveno, un portero de gesto impertérrito que parece ausente en los partidos y que se muestra sólo en el momento preciso en el que evidenciar cuán imprescindible es su figura. Oblak sacó sobre la hora dos remates a bocajarro que bien podían haber socavado el resultado. Demostró que los partidos no sólo se ganan en el área rival, que tan importante es quien hace los goles en el momento justo, como había hecho Griezmann media hora antes, como quien los detiene cuando no parece haber otra opción. Oblak, de nuevo, ganó el partido.

Después continuaron los fastos previstos, y el Atleti sacó a relucir la Supercopa para goce y disfrute de su gente. Habló Godín, nuevo capitán, y siguió el discurso heredado, el de la humildad. Cerró el día el Cholo, con el gesto amargo por el partido, con la alegría inane de un triunfo ya pasado, que parece no alimentarle, y recordó a todos que nadie debe apartarlos de los valores fundamentales: humildad, esfuerzo, compromiso.

El fútbol es como la vida, como todos ustedes bien saben, y el Atleti, una representación exagerada de la misma. Ganó, sufrió y aprendió de nuevo que su pan está en el plazo corto, lejos del ruido mediático. El paso del Rayo dejó tres puntos agónicos pero sobre todo dejó una lección por aprender.

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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1 Comentario

  1. En otros tiempos, no muy lejanos, este partido se hubiera saldado con derrota y posterior crisis, para regocijo de la Caverna.

    Desconfío de esa corriente de opinión que habla de nombres, de figuras y de títulos antes de jugar, es más propio de aquellos que desconocen el fútbol y que juegan con ventaja.

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