Marketing vs. Tradición

Se enfrenta hoy el Atlético de Madrid al Athletic Club de Bilbao, club del que, en cierto modo, desciende. La historia es de sobra de conocida por cuanto aficionado al Atlético que se precie de serlo: los estudiantes bilbainos en Madrid, la camiseta del Southampton. No entraré (hoy) en esa historia, entre otras muchas razones, porque hay gente en esta web muchísima más capacitada que yo para escribirla.

En lo que sí que quisiera entrar, aprovechando la visita a nuestros “hermanos” vascos es en el respeto a las tradiciones, algo que, más allá de ciertos casos puntuales, parece absolutamente perdido en el fútbol. Y especialmente en el caso del Atlético de este año, donde al socio (o al pagano o “pagador”; no se engañen ustedes, tampoco somos clientes de una SAD, como dicen algunos: al cliente se le suele tratar muchísimo mejor) se le ha cambiado, de estadio, de escudo y de camiseta; todo en el mismo año y toda sin contar en absoluto con su opinión, faltaría más.

Y allá donde el cambio de estadio o escudo suelen ser acontecimientos (o desgracias) bastante puntuales en la vida de los clubes de fútbol (caso de que se den), el cambio de camiseta se lleva a cabo, desde hace algunos lustros, en cada equipo, en cada país y cada año. Marketing, lo llaman. Dinero, lo llamo yo: hay aficionados que mueren cada año por comprar la “nueva camiseta” de su equipo del alma. Y, a más de 100 Euros por camiseta (original) vendida, el negocio es pingüe para los clubes (y para las marcas deportivas, dicho sea de paso).

Y puedo entenderlo, hasta cierto punto. Pero también creo que debería haber algunos límites: pudiera admitir que, en aras del marketing (dinero, créanme) se cambiasen cada año las segundas y terceras equipaciones. O que se retocase ligeramente la primera. Pero hay ciertas cosas que deberían permanecer invariables porque forman (o deberían formar parte, mejor dicho) de la esencia de los clubes: en el caso del Atlético, por poner el caso que nos ocupa, el número de rayas rojas y blancas, la anchura de las mismas, el que (también) ocupen la parte trasera de la camiseta. Y no es sólo que debieran permanecer invariables; es que, he hecho, deberían venir definidas en los estatutos de los clubes. ¿He dicho clubes? Cuán inocente y romántico es uno, si eso ya no existe.

Sin embargo, por otro lado y para que sirva de contrapunto de lo arriba escrito, debe uno decir que el pasado fin de semana estuvo hablando con un buen amigo, director creativo de una reputada empresa en este país y, para bien o para mal, no excesivamente aficionado al futbol (o forofo); creo, honradamente que para bien, en este caso. Y me aportó un punto de vista totalmente diferente: me dijo que el tradicional escudo del Atlético, como marca, como imagen, no valía absolutamente nada. Que, dadas por hechas las diferencias en ingresos televisivos con los dos grandes, si el Atlético quería crecer debía ser en base al marketing y a los famosos “ingresos atípicos”. Y que, en consecuencia, había hecho muy bien en llevar a cabo “a la vez” el cambio de estadio (incluyendo su patrocinio por el grupo Wanda), de escudo y de himno, si éste llegase a producirse; que era una estrategia “fantásticamente parida” (sic) y que ese debía ser el camino.

Respecto (mucho) el planteamiento, lo entiendo y hasta sería capaz de defenderlo. Posiblemente sea porque he trabajado en asuntos de marketing varios años y porque considero a este buen amigo una persona muy capaz en su campo. Pero, en este caso concreto, no soy capaz de interiorizarlo ni de hacerlo mío, lo siento mucho. Como cantaba Alejandro Sanz, en una frase que pareciese estar escrita para el Atleti “es un sentimiento, casi una obsesión, si la fuerza es del corazón”.

Seguro que el Metropolitano (jamás, Wanda, por muchos ingresos que aporte) será más cómodo, más bonito, más tecnológico y tenga 4G (y hasta podamos whatsappear desde él) … Seguro generará más ingresos que repercutirán en el bien del club (estoy de buen humor hoy y seré bien pensado), seguro albergará finales de Champions y puede hasta sea sede fija de la final de la Copa del Rey.

Pero, a mí, déjenme con mi viejo Calderón, su frío que se metía hasta en los huesos por la humedad del río, sus dos “agujeros” en la grada y sus indecentes cuartos de baño (por la desidia o el interés de la directiva)… déjenme con mi viejo Calderón y sus prepartidos, en “El Doblete” o en el “El parador”… déjenme con mi viejo Calderón desde donde veía la antigua casa de mi abuelo (Virgen del Puerto, 69) a quien tantas noches un niño “pidió permiso” para dormir allí y así poder ver a su Atleti (uno ha visto a Luiz Pereira, Ayala, Leivinha, Rubén Cano… y ya, siendo algo más “mayor” y yendo “sólo” al fútbol a Alemao, el debut de Donato tras ficharlo Gil en un trofeo Ramón de Carranza). Déjenme con mi vida. Y con mi (nuestro) escudo, por cierto.

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

 

 

Autor: Vicente Soto

Nacido en Madrid, Criado en Ferrol. En Grenoble por trabajo. Ingeniero dedicado a las finanzas. Apasionado del fútbol. Atlético “a muerte”. Socio nº 7646

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