Rendirse no es una opción

El partido frente al Athletic se presumía complicado, pues los bilbaínos, independientemente al momento, tal vez por el respeto a la Historia, siempre dan la cara cuando visitan al hijo y además estaba la resaca de Champions, siempre traicionera, y las lesiones, esa plaga que lejos de menguar se agranda. Se presumía complicado y terminó resultando épico, uno de esos encuentros que poquito a poquito van poblando las entrañas del Metropolitano de esa extraña magia que hace a este club tan diferente.

La primera parte fue un partido muy táctico, en que Berizzo, con su planteamiento y la intensidad de sus hombres, supo contrarrestar la intención del Atleti, que trataba de controlar el juego sin convicción, con un fútbol plano, falto de verticalidad, de velocidad en la transición. Como resultado, un partido en la mano de los visitantes que aprovecharon la primera ocasión que tuvieron para adelantarse en el marcador y poner el partido cuesta arriba para los de Simeone; era el minuto treinta y seis y Williams empujó a la red un balón que había quedado suelto sobre la línea, después de que entre Oblak y el larguero frustrasen un remate picado de San José. El Atleti, una vez más, se veía obligado a entregar su fé a la segunda parte.

Tras la reanudación Costa, que estuvo lento y desquiciado por el férreo marcaje de los centrales del Athletic y la permisividad de Sánchez Martínez, dejó su sitio a Vitolo. El Atleti lo intentó pero no tenía la claridad ni la chispa necesarias para romper el orden táctico de los de Berizzo. Simeone sacó al chaval Montero para dar entrada a Gelson Martins y sentó a Correa por Kalinic, buscando el gol con todas las armas de las que disponía. Llegó en un zapatazo de Thomas desde fuera del área que enervaba los ánimos de la grada que ya empezaba a vislumbrar la remontada. Sin embargo, el partido dio un giro inesperado en la siguiente jugada, Muniaín filtró un espectacular pase al espacio buscando la velocidad de Williams que arrasó con la defensa Atlética y se plantó frente a Oblak para poner de nuevo por delante a los vizcaínos. Era el minuto sesenta y cuatro y el mazazo del gol trajo otra consecuencia funesta, la lesión de Godín que, con los tres cambios hechos, dejaba al equipo con diez jugadores de facto, porque el uruguayo prefirió situarse de delantero centro, con una rotura de fibras, antes que abandonar a sus compañeros en el trance de la derrota.

Thomas consiguió el empate con un golazo desde fuera del área. Foto: Rubén de la Fuente

Thomas consiguió el empate con un golazo desde fuera del área. Foto: Rubén de la Fuente

Con ese gesto, que representa como pocas cosas lo que significa el Atlético de Madrid para aquellos que lo sienten de verdad, algo empezó a cambiar en el Metropolitano. Las circunstancias eran peor que adversas; un rival serio, un marcador en contra, poco tiempo a favor, un jugador cojo sobre el césped. ¿Qué podía salir bien? Todo. Para la gente del Atleti era justo lo que se necesitaba, que los demás pensaran que era imposible. Que nadie creyese. Porque ese es el principal dogma que ha permanecido inalterable desde que Simeone está: rendirse no es una opción, nunca dejar de creer. El Atleti empezó a empujar con lo que tenía, con Thomas y Saúl de centrales, con el ilicitano mostrando el jugador total que es, ida y vuelta constante, corazón insaciable Además estaba el aliento ronco de la grada y así, poco a poco, sin evidencias palpables más allá de la pasión, se empezó a gestar la idea de que era posible ganar. El Metropolitano alentaba, sus cimientos empezaban a sentir lo que les espera en la vida y el Atleti se iba acercando a la portería de su viejo papá de una forma sibilina, pausada, buscando el tiempo final. En el ochenta Rodrigo remató la salida de un córner, logró el empate y ese fue el detonador para la explosión general. Los de Simeone, estaban con un menos, con Godín a la pata coja saltando aquí y allá como podía, tratando de estorbar en la salida, de cazar un milagro en la llegada. Era tal el rugir del Metropolitano que logró arrinconar a una manada entera de leones y así, en el descuento, Godín provocó una falta pugnado por una pelota por alto en el centro del campo. Thomas colgó, Griezmann prolongó y de nuevo Godín, lisiado, se arrojó sobre el balón y sobre la pierna de Íñigo Martínez como si en esa pelota estuviese su vida entera. Logró el gol, la victoria y la locura de su gente. Una locura interrumpida por un árbitro que anuló un gol por fuera de juego que no era por dos metros. El bendito VAR validó el tanto y se desbordó la alegría en el Metropolitano.

El Atleti ganó tres puntos vitales pero por encima de eso, reafirmó su convicción, fortaleció sus principios, se abrazó como nunca a su hinchada y volvió a mandar su mensaje al mundo: este equipo nunca se rinde, nunca está muerto porque nunca deja de creer. Este equipo puede lograrlo todo.

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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