El espíritu eterno del Calderón (3-1)

Desde muy pronto podía verse gente en los aledaños del Estadio. Era como en las grandes citas, en las que la multitud discurre con prontitud, pero no exactamente igual, porque el ambiente no era bullicioso ni animado. Caminaban cabizbajos y de vez en cuando levantaban la vista y lo miraban, siempre en silencio, tratando de rumiar cuántos trocitos de su vida habían pasado junto a él. Era una suerte de ritual callado y escalofriante: miles de almas tratando de hacer por última vez todo aquello que no querrían nunca dejar de hacer por última vez.

Yeserías, Pirámides, Puente de Toledo. Melancólicos, Pontones, Paseo de la Ermita. Puerta de Toledo, Marqués de Vadillo, de todos lados salían, con la maravillosa rutina de sus vidas, de vez en cuando suspiraban, o se abrazaban, o se reían resignando el curso del destino inaplazable. No era un día para discutir por qué o por qué no, aunque algunos siguieron haciéndolo hasta el final. Estaban todos, José Luis, que dio dos vueltas completas al estadio recordando puerta por puerta, César, que antes traía a Adrián subido al hombro y ahora es más grande que él, Manolo, Saray, que había dejado a su niña atrás con esa punzada en la barriga. Koko, al que el día parecía haberlo envejecido diez años de golpe, y su hermano, que esta vez no tuvo el aliento de pintarse la cara. Juan, con la alegría de Martín y Mauro, para los que el Calderón no será más que un vago y precioso recuerdo. Estaban los tres hermanos cordobeses, que van y vienen y viven aquí y allí pero siempre juntan sus caminos en el Calderón, estaba Juanjo, que esta vez no vino tarde y Óscar y Alberto y Juan Carlos, que acompasaba sus pasos a los de Fermín, que estuvo en el Metropolitano, el de verdad, y este año le ganó la pelea a un infarto para poder volver la temporada que viene. El indio de Wisconsin, Almudena, que dejó de venir en las buenas y quiso que Rubén lo viera. Yolanda, con toda su prole rescatada de las fauces madridistas y entregada a un amor sin medida, estaba Cristóbal y su sobrino, que consigue grabarlo todo con el móvil. Estaba Adolfo, que se moría por dentro y por fuera y Sergio y su hermano cosidos en un abrazo interminable de recuerdos. Fernando, un cántabro errante que siempre se encuentra en el Calderón. Estaban todos aquella tarde.

Chiscón, Doblete, Dumas, el Parador. A regañadientes todos se fueron ubicando dentro mientras cada uno seguía con su discurso interior, se acomodaba en su asiento, se ponía de pie, trataba de fijar aquella imagen para siempre. En el césped había fútbol, venía el Athletic de Bilbao, y no sólo estuvo el juego, también hubo ahí una poesía hermosa: marcó Torres dos goles, el jugador que mejor representa todo lo que se estaba sintiendo en la grada. Un tipo que en esa tarde de emociones también mantuvo sus rituales, y recordó aquel día del Leganés, y el de su marcha, y el del regreso, aquel otro día extraño en el que el partido tampoco se jugó en el césped. El Atlético le ganó al Athletic y Correa, otro jugador especial que ya sentía al Atlético a tantos kilómetros de distancia, hizo el tercero, pero el Calderón quería jugar su último partido en la grada.

Saúl besa el escudo. Foto: clubatleticodemadrid.com

Saúl besa el escudo. Foto: clubatleticodemadrid.com

Nadie quiso marcharse. El Atlético entonces se empleó en rendir honor a su pasado y desfilaron por el césped muchos de los jugadores que hicieron que aquel lugar dejase de ser un estadio de fútbol para convertirse en una leyenda. Se juntaron todos en el césped, cinco generaciones de genios, acompañados por la afición. Gárate le puso un nudo en la garganta a todos cuando se quebró su voz por la emoción y en ese momento lloraron los que echaban de menos la elegancia de sus goles, habló el capitán actual que es Historia viva para poner el contrapeso entre la nostalgia y la alegría y habló Simeone, el mesías que vino a rescatar al club y a devolverlo al lugar que le pertenece. Simeone habló del futuro, de construirlo juntos y daba igual lo que hubiera dicho, porque el Calderón enloquece con él con toda la sinrazón del mundo. Acabó todo y empezó a descorrerse suavemente el telón mientras caía la tarde. La gente se marchaba a regañadientes. Besaban su asiento, los muros gastados, miraban al frente, trataban de respirar aquel olor del césped de su infancia. Se echaba la tarde y se veía a un baile de hormigas desubicadas en las bocanas, yendo y viniendo, volviendo a subir aquellas pocas escaleras una vez más, la última, no queriendo marcharse nunca de allí.

Se echaba la tarde y sólo quedó el silencio, el cerrojo echado a un estadio que ya sólo podía verse desde el tercer anfiteatro, que había sido el primero en llenarse, con toda la gente que vivió y murió en el Calderón. Se cerró para siempre algo que no podrá destruirse nunca, porque detrás de aquellas paredes viejas se han juntado muchas emociones durante demasiado tiempo. Allí se han citado la alegría, y la tristeza y la pena, el odio, la rabia, la impotencia, el orgullo, la exaltación de lo imposible. La eternidad en un segundo, cincuenta y un años de gloria, de lucha, de puro e imbatible sentimiento. Allí se ha visto a la vida nacer y morir. En el Calderón, que se embarca en un viaje eterno en el corazón de cada una de sus gentes, que dejan el edificio atrás, pero llevarán su espíritu a través del tiempo, de generación en generación, para recordarlo siempre porque al cabo, el Calderón es eso, un espíritu indomable que define una manera de caminar distinta por la vida. Quedarán las lágrimas de aquella tarde para sellarlo todo.

Paseo de los Melancólicos, Manzanares, ¡cuánto te quiero!

 

Fotos: clubatleticodemadrid.com

 

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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3 Comentarios

  1. Me has emocionado. Estupendo artículo. No se puede describir mejor el sentimiento

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