El Atleti da la vida

La Juve llegaba en mitad de las dudas, donde anidan los fracasos. Si leías aquí, o escuchabas allí, o mirabas en cualquier otro lugar, se dibujaba un horizonte lúgubre para los de Simeone, a quien muchos insisten en devolver a aquellos tiempos de penumbra donde realmente un partido así hubiera representado a la perfección el estatus que todos los que leen, hablan y se muestran, querrían. Parecía que el gigante vendría a someter al Atleti, que podía resignarse o esconderse. Pero todos esos enterradores fracasados obvian siempre el verdadero corazón de este equipo, se olvidan de que ese a quien critican por ser el mejor pagado del mundo lo es no por un capricho sino por haber construido una pirámide con puñados de barro. Y en noches como la vivida ayer en el Metropolitano, callan.

Costa y Koke fueron de la lesión al once; Simeone sabe lo que necesita para partidos de envergadura mayor, y planificó con metódica precisión su plan, que salió a pedir de boca. Desde el minuto uno, el de lagarto mostró la versión utópica de sí mismo, percutió contra la afamada pareja de centrales italianos, que en pocos partidos habrán sentido una incomodidad tan grosera. Bonucci y Chiellini no tuvieron un instante de tregua. Costa había enganchado al equipo con argollas a su cintura, y arremetía como un animal que ve cercana la muerte. Pese a que el árbitro condicionó su partido (y le privó de la vuelta) con una tarjeta absurda en la barrera en los minutos iniciales, el delantero colchonero no cejó en su empeño, chocaba con uno, aguantaba de espaldas al otro, amagaba, tiraba un demarque a banda, cambiaba y volvía a empezar. Por detrás de eso, apenas había fútbol, con una disposición táctica exquisita, la Juve agarraba el balón a ratos pero Pjanic se ahogaba en la presión del Atleti. Probó Ronaldo desde un lanzamiento de falta en los primeros compases y respondió Thomas con un disparo fácil para Szczesny. Pasaba el tiempo y la tensión crecía en proporción inversa al juego. Cerca del descanso, en una de las innumerables arrancadas de Diego Costa, Bonucci lo derribó y el árbitro cobró penalti. El VAR hizo su primera aparición para sacar la falta, correctamente, fuera del área. Griezmann golpeó duro y el portero de la Juve mandó a córner. Se aproximaba el descanso y pocos pudieron imaginar lo que en la segunda mitad iba a suceder.

Tras la reanudación, el Atleti fue una tempestad desbocada. A los cinco minutos Griezmann metió un pase en profundidad que midió a Costa en carrera con Chiellini, el hispano brasileño ganó el duelo y cuando se plantó mano a mano con el portero polaco, incomprensiblemente mandó fuera una ocasión inigualable. Costa bajó la frente, bufó, y siguió a lo suyo, que era no rendirse, que era seguir como si aquello no hubiera sucedido. Tres minutos más tarde hubo intercambio de papeles y fue Griezmann quien, dentro del área, tiró una vaselina para el gol que quedó en suspenso entre el guante de Szczesny y el larguero. El Metropolitano rugía al mismo ritmo al que los jugadores empujaban a la Juventus contra el cadalso del Fondo Sur. Rondando el sesenta salió Costa, exhausto, para dar entrada a Morata; en seis minutos Simeone ejecutó su plan, Lemar por Thomas que se condicionó su partido con una tarjeta temprana y Correa por Koke, que volvió a dar otra lección de compromiso y fútbol. El argentino refrescó el equipo de súbito y aquello sirvió para que el Atleti no diese tregua a los italianos.

Golazo de Morata injustamente anulado por el VAR. Foto: Rubén de la Fuente

Golazo de Morata injustamente anulado por el VAR. Foto: Rubén de la Fuente

En el setenta, Morata cabeceó a la red un golazo tras un centro por la izquierda pero, en medio del delirio generalizado, el árbitro consultó el VAR y anuló el gol por una supuesta falta a Chiellini, que hizo el teatro de su vida y logró lo pretendido, el empate volvía al marcador. A Morata le han hecho dos penaltis no cobrados y le han anulado dos goles injustamente en los cuatro partidos que lleva en el Atleti, nadie puede decir que no esté forjando el carácter. Tras aquello, muchos, entre los que se encuentra un servidor, pensamos que ahí podía morir el ímpetu del Atleti. Pero no fue tal. Como si se alimentase con cada adversidad, los de Simeone siguieron empujando sin denuedo y en el setenta y ocho llegó de nuevo el gol, que se celebró dos veces, la primera después de que Giménez empujase a la red un rechace dentro de un área embarullada y la segunda cuando el árbitro y el VAR decidieron que esta vez sí, todo estaba correcto a su criterio. El trabajo estaba hecho, pero el Atleti, ante la tímida reacción de la Juve, que no encontró en los cambios de Emre Can, Bernardeschi y Cancelo el revulsivo que necesitaba, buscó más. Griezmann cayó a la derecha y terminó de completar un partido excelso, en el que paró y arrancó a su antojo para definir el tempo exacto que necesitaba el partido. En otra jugada de área, en el ochenta y tres, Godín, con la ayuda inestimable de Ronaldo, hizo el gol que abrió en canal la senda del éxtasis en el Metropolitano.

La Juve, zarandeada, golpeada, casi incrédula de lo que estaba viviendo, trató de acercarse en los instantes finales y ahí sucedió una jugada que bien puede definir el porqué de todo esto. Griezmann, haciendo la cobertura al lateral, llegó hasta la línea de fondo propia para tapar una de las últimas internadas juventinas. La grada celebraba con fervor cada recuperación, casi tanto como el gol, cada minuto, el pitido final, que deja al equipo en una situación inmejorable para afrontar la vuelta.

El Atlético de Madrid volvió a enseñar a toda Europa quién es. No importa que los árbitros no piten penaltis a favor, no importan las contrariedades del VAR, no importa siempre el perjuicio tras la duda, no importa el rival, podría venir acaso la séptima plaga del Apocalipsis, es igual, Simeone los hace emerger siempre, infranqueables, renovados, con el espíritu de humildad y equipo que es la base de todo. Con un corazón al que han tenido que construir un estadio nuevo para que le quepa; este equipo da la vida: en el campo y a sus hinchas.

 

Fotos: Rubén de la Fuente

 

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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