Memorias de un derbi

Madrid, 10 de mayo de 2017. 22:25 de la noche. Minuto 87 de partido. El Atlético de Madrid gana al Real Madrid por 2-1 en la vuelta de las semifinales de la Liga de Campeones. El triunfo por la mínima no le vale, pues el 3-0 cosechado por los blancos en la ida había dejado prácticamente sentenciada la eliminatoria. Saúl y Griezmann habían hecho soñar a la parroquia rojiblanca con dos tantos en apenas 15 minutos, pero un error defensivo del Atleti y una genialidad de Benzema propiciaron el gol de Isco que acababa con las esperanzas colchoneras. Por cuarto año consecutivo, el cuadro merengue impedía al Atlético cumplir el sueño de conquistar la ansiada Copa de Europa.
Podría decirse que aquel era el día de la marmota. De nuevo, el todopoderoso Real Madrid ejercía de verdugo ante su vecino madrileño. Pero no. Algo extraño se estaba gestando en el ambiente. Quizás tuviera que ver el hecho de que el Vicente Calderón cerrara sus puertas para siempre. No más derbis, no más noches mágicas en Europa. Todavía quedaba una tarde de Liga frente al Athletic, pero desde fuera se sentía que, en esa tarde europea de mayo, el templo del Manzanares ponía punto y final a su leyenda. De ahí el desasosiego. De ahí el vacío. Las miradas se perdían en el horizonte sin observar lo que pasaba en el césped. Allí, al fondo, los relámpagos amenazaban con descargar su furia sobre la capital de España. Y el cielo rompió.

Gota a gota, lo que empezó siendo un pequeño chispeo terminó convirtiéndose en el diluvio universal. El agua empapaba por completo los huesos de los jugadores rojiblancos, exhaustos ante el esfuerzo realizado. En el Fondo Norte, los aficionados madridistas buscaban refugiarse de la lluvia torrencial bajo sus chubasqueros. Otros encontraban cobijo en los vomitorios. Sin embargo, el estallido de la tormenta vino acompañado de un furor inesperado. Todo el Calderón se puso de pie y empezó a botar, a cantar, a gritar. La lluvia incrementaba su fuerza, pero era incapaz de ahogar el eco de 55.000 fieles. Parecía como si, en ese último vals, de las cenizas del templo rojiblanco brotara un último aliento antes de morir.

Acabó el partido y la gente se resistía a decir adiós. De nada importaba que el Madrid fuese finalista o que la casa de los atléticos durante cincuenta años dijera ‘adiós’ para siempre. Los jugadores, obligados por su hinchada, aguantaban el chaparrón observando todo un estadio aplaudiendo y saltando. Una explosión de júbilo inconcebible para un equipo que había caído eliminado. Pero no. El Atlético no salió derrotado aquella noche. No solo por haber ganado el partido, que también. Fue el triunfo de un sentimiento, de unos valores, de un amor forjado a base de golpes en lugar de títulos. La máxima expresión de una pasión nacida de lo más irracional del ser humano. De nada importaba una nueva eliminación con el eterno rival. Cantaban, gritaban, aplaudían, saltaban. Como al inicio, con 0-0. Como en el minuto 30, con 2-0. Como en el 87’, con 2-1 y ya eliminados. “Vikingos, esto se siente”, coreaba al unísono un estadio que, lejos de hundirse en la tristeza, levantó la cabeza como nunca. Orgulloso, sí. Orgulloso de no ser como ellos.

Ese derbi del 10 de mayo fue la última vez que Atlético y Real Madrid cruzaron sus caminos. Casi medio año después, los dos colosos de la capital vuelven a colisionar. Lo harán, por primera vez, en el nuevo Estadio Metropolitano. Para un servidor que se crió durante ese periplo de 14 años sin conocer la victoria ante el rival de Concha Espina, el ambiente de los derbis de ahora le deja frío. Muy frío. Nada tiene que ver con el primero que viví a orillas del Manzanares, allá por 2008, cuando el Real Madrid ganó con gol de Higuaín de penalti en el 97’. Sí, hay cosas que no han cambiado nunca. Pero sí lo ha hecho la idiosincrasia de la parroquia atlética. Quién sabe si esto se debe a la llegada de Simeone, que ha permitido competir de tú a tú con el Real, pero los Atlético-Real Madrid ya no se viven de la misma manera. Con dos finales de Champions a las espaldas, un partido de Liga parece, incluso, cotidiano y normal. Pero no lo es.

Un derbi es un derbi pese a que, para don Luis Aragonés, solo fuera una moto. Por el camino se ha perdido la efervescencia del Calderón. Una magia que el Metropolitano todavía ni se ha acercado a emular. Aún es pronto, aunque cuesta creer que pueda siquiera aproximarse al espíritu del Manzanares. 68.000 almas rojiblancas abarrotarán el nuevo estadio, sí. Aunque, conviene recordarlo, sin tifo y sin mosaico por primera vez desde los años ’90. Sí, en un derbi. ¿Razón? La arquitectura y la iluminación del estadio. Tampoco habrá pancartas que tapen las vallas publicitarias que separan al público, completamente en penumbra, de los jugadores. Ya nadie descarta que, a la entrada, se coloquen carteles de ‘Silencio, por favor’ para no molestar a los ricos de salón que ocupan los palcos. Vacíos, en su gran mayoría. Una estampa desoladora, tapada bajo un lema grabado a fuego por los dirigentes del Atlético: “Lo importante es crecer”.

Crecer sin tu casa, sin tu escudo, sin tu identidad. Preocupante. “Ser del Atlético es como elegir ser pobre pudiendo ser rico”, afirmaba Santiago Bernabéu, que no reparaba en el hecho de que algunos son tan pobres que solo tienen dinero. Sin embargo, el histórico presidente madridista y exjugador del Athletic Club de Madrid en 1921 dio en el clavo. El hincha rojiblanco, ortodoxo y tradicional como pocos, no termina de encontrarse entre el lujo y la comodidad del mejor estadio de Europa. Mudarse del piso de toda la vida al mejor dúplex de la capital no es una alegría para muchos, sino una perdición para casi todos. La nostalgia y la esencia pesan mucho más que cualquier LED que impida un mosaico o cualquier concierto que silencie una previa. Aunque a usted le fuera difícil de comprender, don Santiago, hay cosas que el dinero no puede comprar. El sentimiento es una de ellas.

Pese a todo, los que estuvieron el 10 de mayo en el Manzanares volverán a presentarse en el nuevo estadio. Ansiosos, como siempre, de reencontrarse con el eterno rival. Será una noche histórica, pues el debut del Metropolitano en los derbis otorgará la oportunidad a los rojiblancos de conseguir lo que sus predecesores no lograron ni en el estreno del antiguo Metropolitano ni en el Vicente Calderón. En el estreno del Stadium, los rojiblancos cayeron por 0-1 en un partido de Copa con tanto de Gual. En el primer derbi del Manzanares, colchoneros y merengues empataron a dos con tantos de Cardona y Adelardo para los rojiblancos.

Aunque la superioridad blanca es manifiesta en cuanto a las cifras se refiere (110 victorias en 217 partidos por 55 del Atlético), ya lo avisaba Alfredo Di Stéfano: “El rival número uno del Real Madrid es el Atlético”. No le faltaba razón al mejor jugador de la historia madridista, pues en la época del Madrid de las cinco Copas de Europa, el Atlético de los Peiró, Collar, Mendonça, el recientemente fallecido Rivilla y compañía le birló dos Copas del Generalísimo en su propio estadio dando una auténtica exhibición de fútbol. El Atleti, que bien se ha convertido en objeto de mofa por muchos madridistas como un equipo perdedor y sin títulos, se especializó en ganar finales al coloso blanco en el propio Bernabéu. Cuatro, ni más ni menos. La última, en 2013, con ese tanto inolvidable de Miranda.

Precisamente ese Atlético, que arrastra el pseudónimo del ‘Pupas’ desde tiempos inmemoriales, sigue ostentando el honor de haber ganado una Liga en el Santiago Bernabéu, lugar donde ha cosechado la mayoría de sus títulos. Fue la octava, en 1977, con Luiz Pereira bebiéndose una cerveza que le lanzaron desde la grada. Casi nada. Datos que desmontan la infundada tesis de que el Atlético está lejos de poder mirarle a la cara al Real. Después de un paso por el Infierno y varios años deambulando por el ostracismo, el histórico rival del madridismo está de vuelta. Muy vivo, como diría Simeone. Aunque les moleste a algunos. Los derbis, estimado Sabio, siempre serán derbis. Con su tradición, con su esencia, con sus memorias. Hoy, en el Metropolitano, escribirán un nuevo capítulo de sus centenarias historias. Ojalá que, como el cielo en aquella noche de mayo de 2017, las letras de estas nuevas páginas se tiñan de rojo y blanco.

Autor: David Gómez

Alcarreño. Adicto a la buena música y a la escritura. Estudiando y haciendo periodismo con un micrófono y un papel. Esclavo de una pasión llamada Atlético de Madrid.

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