El nuevo hogar (1-0)

Cambias de casa por salir de la rutina, por necesidad, por obligación. Sí, también porque a veces te obligan, te obliga la vida o te obligan los otros, todos lo hemos hecho alguna vez, sobre todo ahora que los tiempos se acortaron tanto y las cosas que van para largo son justamente las que menos duran. Cambias de casa y cuando llegas al nuevo lugar te das cuenta de que todo es prescindible: el espacio, la ubicación, la comodidad, la rutina antigua. Miras a los lados y no distingues pequeña humedad, ni el cuadro torcido, de repente el enchufe que nunca funcionaba prende esta vez, porque es otro, claro. Te sientes extraño pero en un momento se apaga la luz, o se enciende, que tal da, y es como si no te hubieras ido a ninguna parte. El hogar va por dentro: la casa, la vieja, la nueva, son solo fachadas. El hogar somos nosotros mismos.

El Metropolitano es un estadio moderno, espectacular, sin acabar por fuera, impresionante por dentro. Todos los colchoneros, los viejos, los nuevos, los reticentes, los optimistas, los que se negaban y los que creyeron hasta lo que era imposible de creer, se asombraron de su majestuosidad cuando cruzaron por vez primera las bocanas que daban acceso a su interior. Pero lo que realmente los emocionó a todos vino un poco después, cuando el estadio se llenó por completo y las banderas rojas y blancas se agitaron al viento y el Fondo Sur volvió a rugir arrastrando a todos tras él y era ese grito ahogado y viejo, inequívoco, reconocible, el clamor de los desposeídos, de aquellos que luchan como hermanos, de los que no van a rendirse nunca. Era el grito de los hinchas del Atlético de Madrid, que de súbito trajeron el sentimiento del Calderón a este barrio lejano y extraño, y el Metropolitano fue un nuevo lugar, quizás antiguo, en el que ya no parecía que nadie hubiese entrado por primera vez. Retiro, O’Donnell, Metropolitano, Calderón, no importa el lugar cuando el sentimiento se traslada.

Se glosaron los cuatro hogares que han acogido el latido rojo y blanco, que son uno solo, ese donde habita el sentimiento, lo único mudable. El balón vino caído del cielo, lo trajo un paracaidista atado al recuerdo de cuando el Atleti era de Aviación. Después Gárate, Torres, y Hugo, un chaval de la cantera, hicieron la liturgia del saque de honor representando así a todas las generaciones de hombres y mujeres que se daban cita para estrenar la nueva casa, el nuevo hogar.

El fútbol fue un atrezzo más, el Atlético salió aturdido, tal vez le pesó el ambiente extraño, la gente en la grada intentaba acomodarse, tomar en posesión aquel lugar, y los jugadores, con la pelota, transmitieron esa misma sensación de extrañeza, se les veía intentando encontrar su sitio, atascados. El equipo se sintió desubicado, muy lento en el pase, incapaz de perforar la doble línea que había impuesto el Málaga de Míchel, que se pertrechó atrás y fue sintiéndose cómodo con el paso de los minutos. Correa fue el único jugador que trataba de cambiarle la velocidad al partido, el único que se acercó, aunque fuese de manera tibia, a los dominios de Roberto. Lo demás fue todo a cámara lenta, predecible, como si cada movimiento estuviese planificado de antemano. Fue un canterano quien tuvo la primera gran ocasión de abrir el marcador, pero un canterano que juega en el Málaga: Borja Bastón, en un contragolpe se plantó frente a Oblak pero el portero del Atlético oscurece la visión de los delanteros, atrae el balón, despeja el miedo.

Griezmann celebra el primer gol en el Wanda Metropolitano. Foto: clubatleticodemadrid.com

Griezmann celebra el primer gol en el Wanda Metropolitano. Foto: clubatleticodemadrid.com

La segunda mitad fue más de lo mismo hasta que Correa, el jugador más eléctrico del partido, desbordó por la derecha a Ricca, al que hizo trizas la cintura y sirvió para que con la derecha, a un toque, Griezmann quitase el precinto a las porterías del Metropolitano e hiciese un gol que pasaría a la Historia. Casi al final, Diego Rolán, pudo haber dejado un macabro guiño al debut del Calderón pero estaba Oblak, la fiesta iba a ser completa.

Oblak, Filipe, Lucas, Godín, Juanfrán. Thomas, Gabi, Saúl y Koke. Griezmann y Correa. Carrasco y Torres. Trece nombres que quedarán grabados en la Historia del club, fueron aquellos que primero derramaron su sudor en un campo que está listo para las grandes batallas, que como Simeone no se cansa de repetir, no son fáciles, ni las que ganan los mejores, sino quienes más lo intentan, quienes más insisten.

Terminó el fútbol y los hinchas se quedaron en sus butacas a presenciar un espectáculo de luces y sonido que les enseñó que el Metropolitano ya no es sólo una vieja cancha de fútbol donde se fraguan sueños, no es sólo fachada, sino también un dechado de modernidad, de tecnología y de futuro. Hubo fuegos artificiales y todo terminó al cabo. La gente del Atleti salió del estrenado Estadio buscando un nuevo paseo de los Melancólicos por el que transitar sus vidas. El Metropolitano ya está aquí, ya late el corazón rojiblanco en su nuevo hogar.

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

 

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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