Lo que no puedes ser (1-0)

Eusebio, entrenador de la Real Sociedad, habló en una entrevista previa de una forma un tanto irrespetuosa acerca de su objetivo a corto plazo: ser lo que ahora es el Atlético de Madrid. Ese anhelo, que es tan lícito como gigante, hasta encomiable, quedaba manchado ante una flagrante simplificación de los hechos, parecía una tarea fácil ser lo que es el Atlético y parecía casi una obviedad que la Real también lo iba a conseguir y pronto. En su visita al Manzanares el técnico del equipo blanquiazul recibió una cura de humildad porque el Atlético le repasó la lección de todo aquello que, probablemente, nunca podrá ser.

Empezó la Real más conectada, tal vez cabalgando sobre el deseo de su técnico y se hizo dueña del balón y del juego, pero no del partido. Trató de atacar desde la posesión pero el Atlético, aún despistado, ya conoce esa situación. Esperó, se empleó en aquello que mejor sabe hacer, protegerse, y en el primer desliz del rival, que fue en el minuto dieciocho, lanzó una contra a tres toques que culminó Griezmann con un disparo que se fue desviado. Con aquella jugada, el Atlético le dio la vuelta al partido y convirtió a la Real en duda por lo que quedaba de encuentro. Se liberó el Atleti del infructuoso dominio donostiarra y comenzó a atacar, por la derecha, con Juanfran recuperando la profundidad que lo hizo único, por la izquierda, con Filipe superlativo, otro de los jugadores a los que Simeone ha inyectado el adn de Benjamin Button. Con Carrasco inspirado tratando continuamente de desbordar, Griezmann en todos sitios, Torres fijando y presionando, Koke apareciendo siempre y Saúl y Gabi dando seguridad a sus chicos. Así, el Atlético encontró el gol en una preciosa combinación a un toque en la frontal Filipe-Griezmann-Torres-Filipe que terminó con el brasileño batiendo a Rulli y poniendo todo a favor del Atlético.

Desde el gol, Eusebio acumuló tantas lecciones que tal vez no tuviera tiempo de digerirlas en el camino de vuelta a San Sebastián. El partido se convirtió en un remedio perfecto a su falta de humildad y su equipo fue desbordado de tal manera que acaso ya no le resulte tan sencillo ser como el Atlético. Vio a los rojiblancos ejecutar el repliegue como un arte, la solidaridad en las ayudas como una forma de caminar por el campo, cuando no tiene el balón, el Atlético no es un equipo, es una manada de lobos. Vio a la calidad trabajando al mismo lado del que sólo trabaja, con la misma ropa y el mismo sudor. Vio un equipo que pone el corazón, que asfixia al rival, que lo desespera, que le hace pedir la hora aun cuando va perdiendo. Vio también cómo puede ganarse en un mal día con el gol, y esa fue su suerte, la poca definición de Torres, de Carrasco, de Griezmann, de Correa, lo único que le permitió llevar al menos un resultado maquillado. Y sobre todo, al final, cuando rondaba el minuto ochenta y tres, y la teoría dictaba que el Atlético estaba cansado y que pesaba sobre él esa cruenta ley de quien perdona en el fútbol, justo en ese momento, vio la señal definitiva que debió dejarle claro por qué la Real, ni ningún otro equipo, podrán ser nunca como el Atlético.

Entonces Eusebio vio como Simeone agitaba los brazos al viento, poseído por un extraño e indómito espíritu, como se levantaban de su asiento uno a uno los cincuenta mil que poblaban las gradas del estadio y de repente, se conformaba un aura diferente. En el sur de Madrid vibraba la tierra y no era un terremoto, era una tribu desposeída reconociéndose a sí misma, lo que son, lo que quieren ser. El manicomio en el que se convirtió el Calderón en los diez minutos finales no fue sino una comunión prolongada e imposible que sirvió a Eusebio para ver como el entrenador puso a la gente a jugar y eso le sirvió al equipo, ya cansado, para emerger de nuevo, para poner toda el alma que le quedaba y hacer desaparecer al otro equipo, el suyo, que apenas pudo encontrar el balón en esos instantes finales.

Vio la magia. Y quien sabe, tal vez en ese momento Eusebio supo que Atlético sólo puede haber uno.

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

 

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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