El milagro es el de cada día

El Atleti se plantó en Stamford Bridge para jugar un partido que realmente se estaba disputando a muchos kilómetros de allí, en la eterna ciudad de Roma. El milagro que necesitaba Simeone era que aquel equipo que le complicó la existencia en esta Champions, el Qarabag, volviese a hacer la machada de no perder frente al equipo capitolino. Y aquello no sucedió.

El once titular del Atlético presentaba tres cambios muy significativos: Giménez, que ocupó el lateral derecho con Vrsaljko en el banquillo, Lucas, que volvió a entrar en el once por Godín al igual que hiciese ante la Roma y Torres, que en un partido grande, volvió a estar por delante de Gameiro. Las interpretaciones son muchas, y en el plano futbolístico todas tienen su sentido. El Cholo no emite mensajes complejos pero sí profundos.

El Atleti planeó un partido serio, con un centro del campo conteniendo, tratando de tener el control del partido. El Chelsea se acercó en algún arreón eléctrico que siempre terminaba de difuminar Oblak, pero el Atleti mantuvo todo bajo su mando, como si tuviese la firme intención de dejar el tiempo pasar, como si los jugadores tuviesen la mitad de sus sentidos en las noticas que venían de Roma, que no eran del todo malas, pues el Qarabag resistía contra todo pronóstico y así pasó todo hasta el descanso.

En la segunda mitad el Atleti salió determinado a cumplir con su parte del trato y lo logró a la vieja usanza, en un balón parado que Torres prolongó de cabeza para que Saúl llegase libre de marca y batiese a Courtois de cabeza. Corría el minuto 56 y el éxtasis de los jugadores colchoneros fue ingenuo porque desconocían que casi al tiempo había marcado la Roma, frustrando así los sueños, convirtiendo aquella victoria en inane. Los de Simeone fueron encogiéndose en el partido a medida que avanzaban los minutos, como si supieran que Roma no iba a pagar el esfuerzo y así, avanzado ya el mismo, en una jugada maravillosa de Hazard, el mejor de los blues en el doble enfrentamiento con los colchoneros, hizo el gol del empate con la colaboración de Savic, que fue el único capaz de batir a un inmenso Oblak durante toda la noche.

Se apagó el telón de un ciclo triunfal en la Champions que no pudo ser refrendado con un título, más que merecido, merced a los inescrutables designios de fatalidad que a veces acompañan al Atleti. Ahora, sin el milagro de Roma, muchos hablarán de fracaso, porque tal vez lo sea, los rojiblancos ya no son ese invitado tímido en la mesa de la Champions, Simeone los ha convertido en uno de los anfitriones principales y, de repente, cuando ya casi tenía reservado su sitio en la siguiente sala, tiene que volver al camino antiguo. Será un fracaso para quien quiera olvidar la perspectiva, porque más allá de esta fase llena de accidentes: una sola derrota en tiempo de descuento, el partido de Roma, el desastre de Qarabag, el milagro de Simeone es de cada día. Con trabajo y esfuerzo suplió el dinero y puso el frac a un equipo desharrapado. Lo hizo latido a latido, con coraje y corazón, inventando un motivo nuevo para cada hazaña imposible.

El milagro de Simeone se obra cada día.

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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