Del susto al festival (7-1)

El Atlético afrontaba la trampa que se esconde en un partido fácil tras un parón de selecciones advertido por su técnico de lo determinante que sería entrar bien, lo importante de los primeros minutos. También se equivoca Simeone porque el Atlético entró mal, frío, sin establecer la sincronía con un estadio que celebraba cincuenta años y había reunido a sus peñas y era una caldera y una fiesta en anticipo. Entro tan mal que durante el inicio el Granada parecía un espejismo de sí mismo. El equipo de Lucas Alcaraza, aferrado a la idea de reconstruirse desde atrás, desde el orden, empezó a creer en la posibilidad de que podría sacar algo positivo de aquella plaza, especialmente cuando Cuenca, en una jugada aislada, hizo el gol de su vida. Controló para driblar de espaldas y, sin dejar caer el balón, puso un zapatazo en la escuadra desde la frontal que hizo imposible la estirada de Oblak. Pero se equivocó Simeone porque aquellos inicios no determinaron nada.

Al gol le sucedieron unos minutos en los que las camisetas parecían cambiadas. El Granada se sintió seguro, mantuvo la posesión, dio la imagen de un equipo sólido al que sería difícil meterle mano y el Atlético parecía un advenedizo, nervioso por no saber afrontar el inconveniente, con demasiadas carreras detrás de la nada. Pero fueron sólo unos pocos minutos. Pasado el treinta, el Atlético empezó a asentarse, a lo que ayudó bastante el gol de Carrasco para empatar el partido. El belga enganchó un balón suelto tras varios rebotes dentro del área y desterró así los nervios y dio paso a un nuevo escenario.

Se esperaba una segunda parte en la que el Atlético acosara al Granada en busca de la victoria pero en la última jugada de la primera, de nuevo Carrasco agarró un balón en el pico del área a pierna cambiada, se internó, recortó buscando su pierna buena e hizo el dos a uno cuando ya no había tiempo para más. Aquel gol desató las costuras parcheadas del Granada y puso sobre la mesa lo que realmente es, un equipo destrozado con pocos argumentos a los que agarrarse para salir de su ruina.

La segunda parte no puede describirse sino con una sucesión de goles que conformaron una goleada histórica. El Atlético entró en modo apisonadora y lo que tuvo enfrente por momentos no pareció un rival, sino más bien un invitado a la fiesta. Carrasco hizo su primer hattrick para poner la guinda a la fiesta y Simeone empezó a distribuir descansos. Sentó a Gameiro, Griezmann y Koke y salieron Gaitán, Tiago y Torres.

Gaitán mostró la imagen fría y desangelada que acostumbra pero el primer balón que tocó acabó en un gol que enseñaba también su increíble calidad. Hizo doblete y se le vio sonreír, tal vez por primera vez. Debe saber que su equipo necesita que entre en la dinámica de todos.

El sexto fue obra de Correa, muy voluntarioso todo el partido, pero tal vez un tanto desubicado, demasiado acelerado, como queriendo demostrar demasiadas cosas en tan poco tiempo. Y cerró la cuenta Tiago tras otra memorable jugada de Carrasco. Así, el Atlético se fue a la ducha quedándose a un gol de haber hecho algo inédito en ese estadio que va echando el telón y que lo hace de la manera soñada, con un equipo descomunal que poco a poco va encontrando su sitio y que sin duda va a aspirar a todo. Como si no hubieran pasado los cincuenta años. Como nunca debió dejar de ser.

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

 

 

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Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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