Cuatro cuartos y Oblak (0-0)

La eliminatoria estaba liquidada en la ida, sólo un alemán iluso y tremendamente ingenuo podía albergar la más mínima esperanza de que su equipo derrotase al Atlético de Simeone por más de dos goles de diferencia en el Calderón. Esa hubiera sido realmente una gesta imposible y no lo que la del Barcelona frente al PSG. En el fondo todos lo sabían, el Leverkusen, con su entrenador nuevo y el Atlético, con el suyo antiguo, que lleva solo cinco años pero a veces parece como si fuese el único que haya tenido en sus casi ciento catorce años de historia.

Fue un partido malo, aburrido, sin historia, en el que el Atlético trató de protegerse de una inesperada sorpresa y el Leverkusen se conformaba con pagar su eliminación con algún gol, y de ahí no resultó nada, sólo mucho mediocampismo erróneo, mucha imprecisión y alguna llegada en la primera mitad por parte colchonera que resolvió con eficacia Leno, tal vez el mejor jugador de toda la serie. Simeone volvió a apostar por Thomas en el medio, que estuvo más entonado y Correa de segundo delantero. De el argentino surgieron las mejores ocasiones pero siempre da la sensación este jugador de que guarda más de lo que da.

En la segunda mitad, cuando el reloj ya constataba que no había una eliminatoria en juego, los equipos se soltaron un poco y hubo algunos intercambios de golpes en los que cualquiera pudo haber marcado o ganado el partido. En esa tesitura, ocurrió una jugada extraordinaria que sirvió para constatar que Oblak es uno de los mejores porteros del mundo y que el Atlético lo necesita como tal. A bocajarro y en los dominios del área pequeña el esloveno detuvo el gol en tres jugadas que fueron sólo una. Brandt le remató y ahí hizo el primer paradón estirándose pero dejó el rechace muerto para que Volland fusilase el gol. Casi sin darnos cuenta Oblak voló en sentido contrario para atajar de nuevo y aquello ya fue un prodigio pero volvió a caer el rechace a Volland que chutó de nuevo al lado contrario y cuando ya todos veían el gol el portero del Atlético se rehízo desde el suelo para abortar de nuevo el peligro. Fueron cinco segundos y tres paradas prodigiosas. Parada, suelo, arriba, parada, suelo, arriba, parada, suelo, arriba. Acabó exhausto Oblak tras ese hattrick soñado para un portero, con sus compañeros uno tras cuno, como en procesión, besándole la frente y con el Calderón rendido cantando una rumba que acabará siendo mítica. Con aquellas tres paradas, colocó el mundo a sus pies.

Después de aquello no hubo más. Sólo la celebración de un pase a cuartos que ahora parece normal pero que nadie debe olvidar que tal vez no lo sea. Es una hazaña que consuma cada año Simeone y los suyos. El Atlético está instalado entre los verdaderamente grandes y espera el sorteo para seguir soñando.

 

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

 

 

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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