No es frecuente jugar una final, por eso también sería difícil de explicar que al Atleti le pasen tantas cosas – y no mayoritariamente buenas – en ellas. Pensándolo bien, que claro que ninguno de los jugadores tenía por qué hacerlo, al Atleti le ha llevado trece años disputar una nueva final de la Copa del Rey. Por ponerlo en situación, mi hija, que sufrió su primera gran revés en La Cartuja a los doce años, todavía no había nacido. Estas cosas se dicen pronto y quedan como anécdota, pero a mi juicio es un contexto relevante. ¿Cómo puede dejarse hacer un equipo un gol a los quince segundos tras trece años esperando ese momento? En la respuesta podríamos hacer un relato del partido y de muchas cosas más, pero no hay espacio (mental y temporal, sí físico) para ello, así que mejor avanzar en el partido. El gol llegó porque fallaron demasiadas cosas. Falló toda la banda derecha, Giuliano que se comió el bote, Nahuel que no encimó, falló el centro de la defensa, al que le remató un tipo bajito y falló el portero, que bajó en esa jugada todo hype que se había generado -merecidamente- en los últimos tiempos. Musso se tiró a por una pelota que parecía fácil de atajar, iba como a cámara lenta, pero ante la sorpresa de todos no lo hizo, y el Atlético de Madrid, a los quince segundos, perdía una final que había tardado trece años en alcanzar. En tres toques desde el centro, Barrentxea acababa de adelantar a la Real Sociedad.

Así sucedió, todo el universo rojiblanco se quedó contrariado, algo de lo que no se recuperaría en todo el partido, la grada tampoco fue como siempre, y el Atleti es un equipo que necesita a su grada, por mucho que los gurús digan que esto son cosas del folclore, de verdad creo que existe una simbiosis que el equipo necesita y no la tuvo, porque la grada también estuvo más fría de lo habitual, contrariada por haber remado tanto para llegar a aquel puerto y ver la vía de agua que se había regalad. El caso es que el equipo más o menos se repuso e hizo todo lo que tenía que hacer, empezó a jugar en campo rival, empezó a acercarse a la portería de Marrero, y también a tener algunas ocasiones. Más pronto de lo que muchos hubieran firmado, Lookman hizo el empate, una jugada por izquierda, por la que mayoritariamente volcaba el juego ante un Giuliano un tanto gris, una combinación en la frontal que remató el extremo con un zurdazo ajustado que trajo de nuevo la tranquilidad al resultado.
El Atleti no supo leer el contexto del partido en el momento del empate, porque el gol hizo el efecto contrario del que tenía que haber hecho, calmó las aguas, no agitó, tranquilizó tanto que dio la iniciativa a la Real, que desde ese momento fue mejor, y retomó el control del juego. En una jugada aislada al borde del descanso, una pelota colgada al área sin apenas peligro, Musso cometió su segundo error de la noche, midió mal la salida y cometió un penalti absurdo, de esos que no se pitan casi nunca, pero que es difícil protestar si te lo cobran. Oyarzábal a la red, y el Atleti en desventaja al entretiempo.
La segunda mitad fue un vertiginoso correr de minutos en los que la Real desesperaba con su pérdida de tiempo cuando el balón no estaba en juego, pero hacía las cosas muy bien cuando el partido se reanudaba. Los de Matarazzo tenían el partido muy bien estudiado, como no puede ser de otra manera, y ahogaban las bandas del Atleti con una presión intensísima al centro del campo, en cuanto el juego se desplazaba a la zona de creación, las ayudas de la Real eran múltiples, la pérdida o la vuelta atrás, la única opción viable del Atleti. Simeone hizo los cambios rápidos. Metió a Sorloth y a Nico en el sesenta, y a Baena y Almada en el setenta. En el setenta y ocho entró Cardoso para agotar los cambios. Salieron Lookman y Ruggeri, Simeone y Griezmann y Molina por último. El Atleti ganó más presencia ofensiva, sobre todo en cuanto se desplegó la exuberancia física de Llorente, liberado en la banda. Estaba todo apostado a una incursión de Baena, a un desequilibrio de Almada o a la aparición de Julián. Y ocurrió lo más probable, en el ochenta y dos, en la frontal, Julián recibió y se acomodó un regate de taco por la espalda con la derecha, sin dar tiempo a nadie a pensar, metió un zurdazo a la escuadra que hizo explotar el estadio en la parte rojiblanca. Ahí se conectó la grada de verdad como no lo había estado en todo el partido.
En esos diez minutos hasta el final estuvo el título, especialmente en una jugada de Cardoso que, solo frente al portero, cruzó en exceso y en otra de Baena que, en un centro al segundo palo, no alcanzó a empujar a la red. Pero no llegó el gol, llegó la prórroga, donde Julián estrelló otro trallazo en la madera y no hubo más que una impotencia colectiva. El Atleti perdió a Llorente, que no podía más y todo conducía inevitablemente al punto fatídico, que de nuevo, lo fue. En la tanda de penaltis fallaron Sorloth y Julián nada más que empezar y eso fue un lastre imposible de levantar. La Copa, para la Real Sociedad, para el Atleti, el fracaso, la decepción, las lágrimas. Pero esperemos que también el aprendizaje y la esperanza.






20 abril, 2026
Estoy de acuerdo con el artículo. El atleti no fué fiel a si mismo en esa final desde el principio, yo no se por qué
Desde aqui mis enhorabuena y felicitaciones a la Real
Y nosotros pues a lamernos las heridas y a pesar ya en el miércoles..
20 abril, 2026
Fenomenal artículo amigo…no es llegar..es ganar!!
21 abril, 2026
No creo que haya nunca ningún aprendizaje de ninguna final perdida. Cada partido tiene su historia y es irrepetible, salvo que el jodido duende del fútbol, una potencia sobrenatural cuya existencia increíble los hechos se empeñan en revelar, tenga el capricho de repetir, casi calcar, el resultado, la secuencia de goles y el desenlace de la misma final disputada 38 años atrás. En aquella ocasión, al sinvergüenza de Ramos Marcos no le dio la real gana de cobrar un penalty a favor del Atleti ya con el 2-2. Lo que no hubiera significado, ni mucho menos, que el Atlético saliera campeón, dada la calamitosa costumbre de fallarlos una y otra vez que tenemos en los momentos decisivos, desde el desempate de la semifinal de la Copa de Europa en el 58 ó 59, o el de Esnáider contra el Ajax, o Griezmann otra vez con los merengues, o todas las tandas que perdimos tantas y tantas veces en una trayectoria que alimenta sin cesar el malditismo que nunca quisimos tener. Inter o Psv son excepciones que no desmienten esa estadística calamitosa. Tan es así, que la inmensa mayoría supimos con certeza que, después de fallar Cardoso y Baena las ocasiones clamorosas de antes del final del partido, perderíamos la final en los penaltis sin remisión.
La semana empezó bien, sufriendo de lo lindo con el Barcelona, siguió también bien, porque no vamos a ocultar que queríamos ser el único equipo español en semis, y terminó, por lo que a la maldita Champions se refiere, exactamente como queríamos, con el Arsenal perdiendo con el City, viendo enjugada su diferencia de puntos y teniendo que echar el resto en su liga para no volver a perderla. El problema es que fallamos nosotros en lo más importante, que era ganar la Copa.
Ahora nos engañaremos a nosotros mismos argumentando que los 2 títulos no los íbamos a poder lograr, y que si perder la Copa era el peaje a pagar para poder levantar la Champions, que muchos lo firmarían.
Yo no, yo quería la Copa, porque ese maldito duende del fútbol se ha empeñado en que nunca la ganemos.
Por cierto, esas supersticiones cabalísticas que protagoniza Simeone, esas majaderías de, por ejemplo, cederle el vestuario de local al rival, cuando de local estás ejerciendo tú, u otras chorradas por el estilo, yo agradecería que nos las ahorrara.
Preferiría mil veces que saliéramos a comernos el trofeo como caníbales desde el primer instante, y evitar así encajar el primer gol más rápido en ciento y pico años de historia.