Un cuento de Carver

El fútbol a veces es un cuento de Raymond Carver; las cosas suceden de una forma esperada, sin estridencias, navegan sin obstáculo hacia un final oscuro, sin brillo. La realidad es así con frecuencia, previsible, silenciosa y triste para los ojos de quien la observa al detalle. A la segunda parada de Dimitrovic la crónica del Atleti – Eibar estaba en manos del realismo sucio de Carver. El resultado era casi previsible, sólo había añadir un poco de literatura a la tragedia.

El Atleti llegaba apurado por la urgencia de los puntos y el Eibar supo jugar con eso empleándose en defender con intensidad, sabedor de que cada minuto robado al marcador era un paso de gigante hacia su triunfo, que cada minuto era un puñal invisible en la ansiedad por el resultado que iría atenazando el poder de su rival. Los locales salieron con un dominio infructuoso, sin aplicar demasiada profundidad a su ataque, parecía que los donostiarras defendían cómodos porque no hubo fluidez en Koke, ni verticalidad en Saúl, ni tampoco último pase ni desborde en Lemar. Griezmann y Coste permanecían aislados. A pesar de todo el Atleti tuvo opciones de adelantarse, sobre todo gracias a un balón parado que parece volver a coger fuelle en las botas del francés Lemar, que generó varias ocasiones en sendos lanzamientos desde la esquina que terminaron engrandeciendo la figura de un portero, Dimitrovic, que fue la figura del partido.

En el comienzo de la segunda mitad tuvo el Atleti la llave del encuentro. Tuvo quince minutos fulgurantes en los que funcionó todo. La solidez del Eibar saltó por los aires y sólo pudo sostenerse en el partido gracias a su cancerbero, que se convirtió en un muro infranqueable en el que se estrellaba todo el ímpetu colchonero. Tuvo el gol Griezmann en dos ocasiones, Costa en otras tantas, también Koke, que no acertó a rematar a placer. Pudo haber marcado Saúl desde fuera del área, Godín cabeceó al largero pero no había nada que hacer; Dimitrovic parecía tener imantados los guantes, atraía los disparos a su alrededor, desesperaba con cada intervención a sus oponentes.

Borja Garcés consiguió rescatar un punto sobre la bocina. Debut agridulce. Foto: Rubén de la Fuente

Borja Garcés consiguió rescatar un punto sobre la bocina. Debut agridulce. Foto: Rubén de la Fuente

Simeone decidió mover el banquillo y esta vez, las sustituciones tuvieron un efecto inverso, minaron el empuje del Atleti. Entró Correa por Lemar, y no aportó nada. El argentino se mostró inoperante, impreciso, completamente fuera de sincronía con un partido que empezaba a escurrírsele entre las manos al Atleti. Más tarde entró Borja Garcés, un chaval de la cantera que puso todo su corazón pero que sacó del campo a Rodri, tal vez uno de los que estaba poniendo criterio y fluidez a la línea de creación de Simeone.

El Atleti se hundió en su inoperancia y en plena melancolía por dos puntos que se le escapaban, el rival volvió a herirle en tres toques y un rebote. Sergi Enrich aprovechaba el rebote de Godín y saltaba todas las alarmas en las casas de apuestas. En el minuto ochenta y siente el fútbol había sido fiel a una de sus máximas; quien perdona lo paga. Todavía quedaba un último arreón en el que hubo una relativa justicia, un balón por la derecha en el último suspiro del encuentro sirvió para que el canterano Garcés enganchase un derechazo que derribó por fin los dominios del portero serbio. En esos siete minutos del final estuvo la literatura de un partido cuyo final estaba marcado desde la segunda parada de Dimitrovic. El protagonista inesperado del relato fue ese tipo calvo, desgarbado, que apenas aparecía en el pensamiento de nadie antes de que comenzase el partido y que terminó culminado el final triste y anodino que se barruntaba desde el inicio.

Dos puntos inesperados que vuelan del Metropolitano y que dejan al Atlético de Madrid, apenas a cuatro partidos del inicio, a una distancia casi inalcanzable de los dos gigantes que le preceden. Ahora viene la Champions, un balón de oxígeno en este septiembre negro.

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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1 Comentario

  1. Vera usted, hay una cosa que debemos señalar. Y es que entramos a los partidos, contra equipos medianos de la tabla, como si fuéramos un equipo que tendrá tiempo para ganar el partido. Sin tensión, siempre el otro equipo es el que «enciende las alarmas». Empezamos jugando como los equipos pequeños, a ver que sucede.
    Esto no ocurre contra equipos grandes, lo hemos visto contra Valencia y Real Madrid en la Supercopa de Europa. Contra estos salimos «fuerte», marcamos y ya está. A esperar que pase el tiempo.
    Estamos a siete puntos del Barca y a cinco del Real, por «méritos» nuestros. Con empate a cero, seguimos dejando el sesenta por ciento del campo al equipo contrario. Este puede sacar la pelota y llegar hasta nuestra linea de medios, prácticamente sin que nadie le presione. Y si encima, como contra el Celta vamos perdiendo, pueden combinar durante tres minutos y nadie va a la presión.
    Este equipo no puede haberse dejado siete puntos de doce contra rivales como Celta, Eibar y Valencia.
    Y tampoco me parece bien, el estado de forma de jugadores como Griezmann, Costa y Godin.

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