Cumpleaños feliz

El Atleti celebraba su cumpleaños en medio de una semifinal europea, enfrentando al Arsenal, un viejo desconocido, y se vio en medio de una fiesta que parecía diseñada a su medida. Una injusticia que abrió la puerta a todos aquellos valores que han hecho del Atleti un club singular. Una injusticia para determinar un partido que pudo ser un drama y se convirtió en una reivindicación excelsa de una época. Highbury, Emirates, cumpleaños feliz.

El árbitro, Clement Turpin, acabó rápido con el partido. Al minuto y medio había sacado una tarjeta a Vrsaljko y en el nueve, en una falta intrascendente en campo contrario, le sacó la segunda. Dejó al Atleti con ochenta minutos por delante y un hombre menos. En la furibunda protesta, Simeone también fue mandado a la grada y desde entonces, el colegiado olvidó que tenía tarjetas en el bolsillo. Cambió el criterio y no sacó ni una más. El colegiado, desacertado, forzó un escenario inesperado y el Atleti supo que tendría que rescatar sus más valiosos principios para poder salir vivo de allí.

La consigna estaba dictada por las circunstancias: había que defender. Simeone recolocó a Thomas en el lateral derecho para suplir la ausencia del expulsado, Oblak fijaba la mirada al cielo y apretaba el velcro de sus guantes, Griezmann, cabizbajo, retrasaba veinte metros su radio de acción. La consigna era clara: había que defender. El Arsenal sabía que tenía una oportunidad excelsa de sacar el billete a Lyon y comenzó su ataque desesperado sobre la portería rojiblanca. Hasta que el Atlético ajustó sus piezas, el Arsenal desplegó un rosario de ocasiones: Lacazette, muy activo y poniendo en evidencia, por contraste, la inoperancia de Gameiro en el otro extremo, gozó de algunas oportunidades, Koscielny, Monreal. Al fondo, un tipo serio vestido de verde, el mejor portero del mundo.

Oblak vivió otra de sus noches mágicas. Foto: clubatleticodemadrid.com

Oblak vivió otra de sus noches mágicas. Foto: clubatleticodemadrid.com

A la media hora el equipo londinense aflojó el empuje y el Atleti por primera vez entendía que también era posible defenderse con el balón. Ahí tuvo un par de acercamientos y Griezmann, que había estado ya a esas alturas ocupando posición de lateral a la derecha, a la izquierda, juntito por el medio, apareció por el lugar donde realmente su presencia hiere, en la frontal enganchó una pelota con la derecha que acabó deteniendo Ospina. A los pocos minutos, Thomas inició un jugadón interminable para cederle una pelota que, esta vez con su pierna buena, se estrelló de nuevo en el cuerpo del portero gunner. Llegaba al descanso suspirando.

La segunda mitad no trajo novedad en el guión; el Arsenal salió con todo, con los laterales españoles, Monreal y Bellerín, ensanchando el campo, llegando una y otra vez a línea de fondo, ora colgando centros buscando al delantero francés, ora retrasando a la frontal para que Ozil, Wilshere volvieran a empezar. Fue un acoso y derribo que culminó en el minuto diciesiete con una pérdida de Griezmann en la frontal al tirar un caño. Centro y cabezazo inapelable de Lacazette que ponía el uno a cero en el marcador y la locura en la grada.

El Arsenal quería trasladarse a Lyon sin tener que pasar por Madrid pero el Atleti en ese momento había alcanzado su zénit. Si se fijaba la imagen, podía verse en el rostro de Giménez, en el de Godín, en el aliento desaforado de Gabi, calentando desde la banda, podían verse reflejados todos y cada uno de los valores que los han llevado hasta allí. Era el momento de darse cuenta de que ahí, con una rodilla en tierra, con un jugador menos, un equipo socavado de ausencias, frente a una hinchada enfervorizada entregada y a un equipo potente entregado a ella, no iban a sucumbir. Hacía falta algo más para tumbar a un equipo como el Atleti de Simeone, que sobrevive a sí mismo, al paso del tiempo, a la insistencia de todos los que quieren superarlo, a las desgracias propias y ajenas, a las que con frecuencia le son impuestas. Entraron Savic y Gabi por Correa, que se había dejado el alma, y Gameiro, que salió con ella intacta. Ahí potenció sus armas para la defensa, porque el Arsenal seguía siendo un torbellino que con más corazón que cabeza, tal vez con demasiada lentitud, trataban de encontrar los caminos a Oblak. Entonces sucedió un pase de largo de Gabi que hizo aparecer a Griezmann en campo contrario, ganandos una carrera a Kocielny y, en dos tiempos que fueron eternos, con Ospina y Mustafi por el suelo, hacer el gol que encendía las velas de la tarta de cumpleaños del Atleti. Los desplazados a Londres celebraron el gol como si les fuese su vida en ello, tal vez porque toda su vida realmente les iba en ello y el Arsenal acusó el golpe de tal manera que el partido pareció terminar ahí. Todavía hubo una ocasión más para que de nuevo Oblak apareciese en una foto imposible sacando con la yema de los dedos otro gol desesperado.

Ochenta minutos con uno menos, un tratado de resiliencia, un esfuerzo innegociable, jerarquía, coraje y corazón para obtener un resultado excelso con el que afrontar el partido de vuelta, que sin duda será el acontecimiento del año en el Metropolitano. Sólo queda una parada para llegar a Lyon. Madrid espera. Cumpleaños feliz, Atleti.

 

 

 

Foto: clubatleticodemadrid.com

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

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1 Comentario

  1. ¿qu´e coño pinta en el atlético un perfecto inutil como Gameiro?
    Que responda el Cholo.

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