La final repetida

Cuando Simeone llegó al Atleti se sumergió en las catacumbas del club y de ahí sustrajo un rosario de valores que estaban consumidos por el polvo. Los fue rescatando de a poco, estableciendo sus prioridades: el esfuerzo lo primero, nunca dejen de creer, trabajo, rendirse jamás, ante la adversidad cabeza alta, insistir, insistir e insistir, orgullosos de no ser como ellos. Simeone fue rescatando uno a uno los principios olvidados de una identidad centenaria y los fue inoculando todos creando una especie de secta atávica e indivisible en la que a veces se confunden los roles. Ya no es solo fútbol, es sentirse parte de algo especial, reconfortado con cada cosa que uno hace. Es fabricar un gol imposible, una remontada inexplicable, una resistencia inaudita. Es pelear por el ascenso que uno sueña en el trabajo, luchar por la familia, no usar el camino corto y tramposo, es la honestidad de saber que el trabajo paga. Tanto da el fútbol como la vida. Agarrado a eso, Simeone trajo la felicidad y el éxito a esta tribu. Anoche, en forma de una nueva final europea. Lyon espera al Atleti que aprendió a sobrevivir a todo.

El Arsenal venía con el mandato claro de ganar, era su única opción de poder hablar francés. El Atleti sabía que le bastaría con esperar. Los de Wenger salieron al partido con ansias de posesión, tal como hicieran en Londres, pero once contra once no encontraron la verticalidad necesaria para llegar hasta los dominios de Oblak. Tocaba y tocaba el Arsenal de Wilshere a Ozil y de Ozil a Wilshere, horizontales, con un dominio que podría generar zozobra en cualquier otro rival que no fuese Simeone. El Atleti salía en el vuelo de cada acometida de Costa, un delantero imprescindible para su juego, que convertía a los centrales del Arsenal con su insistencia en una extraña torre de babel en la que reinaba el desconcierto. Koscielny calló lesionado y cedió su martirio a Chambers. Al borde del descanso, en una contra perfecta definida por un pase excelso de Griezmann, el complemento perfecto de Costa, el hispano brasileño batió uno contra uno a a Ospina y el Atleti empezó a despejar la escasa niebla de la carretera que llevaba hasta Lyon.

Partidazo de Griezmann que estaba muy motivado. Foto: Rubén de la Fuente

Partidazo de Griezmann que estaba muy motivado. Foto: Rubén de la Fuente

En la segunda mitad, la insistencia del Arsenal se volvió más tímida y todavía más infructuosa. Apenas una mano de Oblak a Mkhitaryan, que había salido bien entrada la segunda parte. Mucho más incisivo el Atleti, jugando a su antojo con los espacios que el rival empezaba a dejar a su espalda. Koke, soberbio, empezó a canalizar el juego de ataque del Atleti en perfecta combinación con Griezmann, que, con una elegancia exquisita, iba desgranando una a una las ocasiones del Atleti. No hubo acierto ni gol. Costa, Griezmann, Koke, también Torres, que salió al relevo del cansancio de Diego, pudieron haber dejado sentenciada la eliminatoria, pero el gol se resistió y con él, la incertidumbre llegó hasta el final pero el Atleti, con un Godín imperial tapando el discreto partido de Thomas en el lateral, no dio ni siquiera la oportunidad de sufrir en el tramo último del encuentro.

Por fin de nuevo una final, año par, año maldito y bendito al tiempo en esta década de triunfo inagotable. Llegó la final, se abrió el cristal que había mantenido encerrado a Simeone que salió, bufanda al viento, a festejar con los suyos. Era esa una felicidad sincera, la que no necesita sólo del triunfo para manifestarse. Quedaron allí un buen puñado de incondicionales, queriendo agradecer por todo lo que hemos dicho, el Arsenal se marchó cabizbajo, consciente de haber caído ante un coloso, ¿qué estaría pensando Hornby? Tal vez su pensamiento fuese esa noche a aquella derrumbada Torre del Reloj. ¿Qué pensarían todos aquellos que, hace treinta y dos años, tomaron un autobús a Lyon? La vida siempre da revancha a quien la merece. Y el fútbol. A veces tarda, a veces no es suficiente, pero al Atleti esta final le sirve para ajustar muchas cuentas y cerrar algunas heridas. De alguna forma, los pupilos del Cholo repiten finales buscando la manera de reconocerse en ellas, de reinventarse, de incorporar a los que vendrán. Ahí está Lyon, la final repetida de nuevo.

 

Fotos: Rubén de la Fuente

 

Autor: José Luis Pineda

Colchonero. Finitista. Torrista. Nanaísta. Lector. Escribidor a ratos. Vivo en rojiblanco.

Comparte este contenido en
468 ad

Envia un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies