
El engrudo que aparece hoy en día enfundado en el nombre del Atlético de Madrid lejos de ser la noble y arraigada institución que mucha gente tenía como bandera, casi como una forma de entender la vida ( y que desgraciadamente cada vez menos gente recuerda), es ahora un circo de dudosa catadura que conserva el nombre, los colores y las vetustas paredes de entonces pero que mercadea con unas fieras desnutridas y enfermas, compradas de estraperlo en un tenebroso mercado negro por mucho menos valor del que dicen haber pagado pero por mucho más valor del que en realidad tienen. Alguien tendrá en su bolsillo la diferencia.
Una engañosa y descolorida carpa que alberga unos leones que mugen y se asustan del domador en unas jaulas sobre las que tienen que pagar alquiler a pesar de ser suyas, unos equilibristas que pierden el equilibrio cuando hay público, unos malabaristas que se tiran los bolos a la cabeza, un hombre bala que no vuelve a casa después de ser disparado… las atracciones únicas basadas en el corazón y una forma genuina de entender la vida han dado paso a las novelas por fascículos de Freaks desagradables y sin gracias, que sangran sus miserias para regocijo durante los tiempos de recreo de los circos millonarios a los que ni siquiera hacemos sombra y que se reparten el verdadero pastel. Trabajadores sin capacidad ni escrúpulos que a falta de otros talentos han acabado en el único sitio del mundo donde cobran por encima de sus meritos con la única contraprestación de ver, oír y callar. Una colección de payasos mercenarios que lejos de alegrar la existencia a nadie se dedican a cortar la digestión de una clientela aturdida, confundida y cada vez más renovada. Unos payasos en definitiva que con maquillaje barato hacen llorar de pena.
Pero ahí está la gerencia que ha dirigido el espectáculo desde las dignas orillas de la excelencia, cuando cada átomo de gloria conquistada se instalaba para siempre en el corazón colectivo de la familia que mantenía viva la llama del colchonerismo, hasta este penoso estado de letargo en el que las desgracias y las grandes desgracias resbalan por el cuello a todos por igual y donde cualquier desventura justa o injusta se absorbe como si fuésemos papel secante enfundados en una muy barata, falsa y descolorida camiseta rojiblanca. Una gerencia que conviviendo con las heridas que ellos mismos han creado jamás se manchan con la sangre que por ellas supura porque es sangre que no les pertenece. Una gerencia que sigue siempre sana engordando su particular caja de caudales con la excusa de la desnaturalización del mundo, el efecto invernadero o la inestabilidad del Uranio mientras el público que mal alimenta y mal cría el monstruo se apaga, se resigna, se evapora se convierte a la nueva religión pagana o simplemente se confunde entre la medianía. A veces incluso con una sonrisa.
Una gerencia que cuando entró en la compañía con malas artes y nocturnidad fue inmediatamente a abrazar la caja fuerte, una caja fuerte que nadie más ha vuelto a ver salvo en fotos, dejando bien claro a cualquiera que quisiera abrir los ojos cual era el verdadero objetivo de aquellos seres siniestros y esperpénticos que disfrazados de esforzados ingenuos y simpáticos comediantes dieron un silencioso golpe de estado escrupulosamente preparado aquel día de infausto recuerdo. Una gerencia que sólo usa los trajes baratos y habla de apretarse el cinturón cuando entran en el circo que dirigen pero visten de Armani hortera en cuanto salen por la puerta y se quitan el polvo con las manos.
El Circo clásico se muere y con él nos morimos nosotros si es que no estamos muertos ya. Pretender que el remedio a la enfermedad incurable venga de la gerencia que lo creó es querer quitarse un resfriado con un tiro en la cabeza. Pretender que la solución pase por los señores que gestionan y decoran los circos poderosos de la parte alta de la ciudad es tener fe en que el sol deje de ser sol para pasar a ser luna. La única solución, si es que existe alguna, en algún momento tiene que pasar por los que seguimos alimentando y aplaudiendo con más corazón que cabeza a este elefante reumático y con conjuntivitis que se llama Atlético de Madrid.
Madrileño, hijo y nieto de madrileños (colchoneros todos, como tiene que ser) entró en esto de escribir del Atleti por la puerta de atrás que supone el ciberespacio de internet, esa puerta que al menos consigue dar luz a un sorprendente mundo de colores donde pasan unas cosas pero se cuentan otras...
Deudor de aquel batallador espíritu rojiblanco que veía la vida desde una esquina del mundo distinta a la mayoría pero nunca exenta de orgullo, valentía y carácter, se siente por tanto en deuda por recuperar aquello que se ha olvidado pero que sigue sintiendo suyo.
Colabora con las webs Pobre Atleti e Infierno Rojiblanco y mantiene el blog “Y los sueños, sueños son”