
Yo no lo entendía pero traté de que me lo explicara. Aquel señor tremendamente cabreado me dijo que todo el mundo sabe que el Atleti fue fundado por unos estudiantes vascos en Madrid pero que poca gente recuerda que uno de los motivos para que aquello ocurriese se encontraba en los aficionados madrileños que viendo un año antes disputar un partido entre el Real Madrid de entonces y el Athletic de Bilbao, partido en el que los blancos ya portaban los estandartes de prepotencia, desdén, soberbia y mal perder que nunca les han abandonado, decidieron que ellos no querían ser aficionados de ese tal Real Madrid. Los aficionados del nuevo Athletic, el de Madrid, nacieron ya desde entonces con esa clara premisa de “así no” y por ello cada enfrentamiento con ellos no era un partido de fútbol de once contra once. Era otra cosa. Era una lucha entre dos formas de entender la vida. Entre dos formas de vivir. Entre dos formas de sentirse orgulloso.
Empezaba a entenderlo. Aquel señor no estaba tremendamente cabreado por haber perdido el partido ni por los “errores” del árbitro, siempre a favor de los blancos. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque los jugadores no habían entendido la misión que tenían en el campo. No habían entendido la camiseta que llevaban puesta ni lo que significaban esas rallas rojas y blancas. No habían entendido que los miles de personas que estaban pendientes de sus acciones no iban a ver un partido de fútbol, ni iban a ver un resultado “interesante”. No habían entendido que aquella gente estaba allí para mostrarle al mundo la opción de vida que habían elegido. Su concepto de orgullo. Su pasión enfermiza e irracional por una idea romántica. Su aparatosa afición a esa emoción extrema que de alguna forma tamizaba su devenir diario. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque en los ojos de los jugadores que llevaban la camiseta del Atlético de Madrid había visto miedo y resignación. Autocomplacencia y cobardía. Mediocridad y conformismo. Conceptos todos que entonces eran incompatibles con el escudo del oso y el madroño.
Cuando al día siguiente vi la que se armó entre los amigos colchoneros de mi padre, las palabras tan dañinas y certeras que salían de la prensa escrita hablando en nombre de mi equipo y su afición, el cabreo nuclear que había en las oficinas del club, los despidos y condenas que ocurrieron como consecuencia de aquel único partido y sobre todo la pitada monumental que escuché en el Calderón al domingo siguiente, el círculo se cerró en mi cabeza. Nunca nadie ha tenido que volverme a explicar lo que era un Derbi y por tanto lo que era el Atlético de Madrid. Años después yo podía ser la persona más feliz del mundo cuando ganábamos en el Bernabéu pero también era un Atlético altivo y orgulloso cuando sólo robando con argucias arbitrales eran capaces de ganarnos en el mismo sitio. También cuando perdiendo justa o injustamente el equipo había demostrado lo que es ser un equipo valiente, orgulloso, entregado y consciente de lo que estaba representando. Mis amigos madridistas no podían entender esa especie de orgullo elitista que teníamos los atléticos independientemente de victorias o derrotas (y en parte nos envidiaban por ello) pero es que la esencia del equipo de sus amores, desde el principio, marchaba por otros derroteros más ligados precisamente a lo que decía el marcador.
El sábado pasado me acorde de aquel señor tremendamente cabreado que lamentablemente hace años que ha fallecido. Me acordé de él cuando al acabar el partido escuchaba escusas peregrinas para justificar la derrota basadas en el árbitro y la mala suerte. Ingenuos. Igual que me hicieron a mí hace muchos años traté de explicar a los pequeños las razones de por qué tendríamos que estar tremendamente cabreados con nuestros jugadores, nuestro entrenador y sobre todo con nuestros dirigentes. Traté de utilizar las mismas armas y los mismos argumentos que fueron infalibles conmigo pero según lo estaba haciendo reparé en la inutilidad de mi empresa. Recordé entonces las palabras de mi entrenador durante la semana previa asumiendo la inferioridad, cargándose de escusas para una inevitable derrota y basando su estrategia en un sucedáneo malo del miedo más rastrero. Recordé también las palabras de los jugadores que tuvieron la “mala suerte” de hablar en nombre del equipo que les paga. Esas palabras labradas en marmoleo miedo. Miedo atroz y paralizante. Esas palabras pronunciadas desde el complejo de inferioridad del que se cree inferior. A pocos les pareció algo digno de ser penalizado. Recordé las palabras ausentes del máximo dirigente de esta nave, ese señor que utiliza el escudo del Atlético de Madrid como plato de sopa y como papel higiénico. Lo normal. Recordé también las aparatosas palabras del que dice ser presidente de la institución, esas construcciones verbales entre la comedia chusca y el insulto humillante que una y otra vez tratan de masturbar las enrojecidas zonas erógenas del espíritu atlético, obteniendo exactamente el efecto contrario. Lo normal también, desgraciadamente. Recordé las “ingeniosas” portadas de los periódicos, las “respetuosas” conclusiones de las tertulias y los vaticinios de los análisis más “objetivos”. Nadie parecía estar ofendido. Recordé los ladridos insultantes de subproductos del periodismo cabaretero como los de Chus Galán que con toda desfachatez e impunidad insultaba sin talento a una gran parte de los que pagan su nómina. Pensé con lástima en lo que los histriónicos notarios de la realidad dirían al día siguiente sin tener que pensar dos veces sus soflamas. Pensé en las importantes y certeras medidas ejemplares que se tomarían desde el club durante los siguientes días. Me imagine la calurosa ovación y afinados e ingeniosos cánticos que nuestra afición ofrecerá a nuestros esforzados jugadores, entrenador y dirigentes el próximo domingo. Entonces me di cuenta de que lo que estaba haciendo era absurdo. ¿A quién quería engañar? La cadena se rompió en aquel señor tremendamente cabreado y yo me quedé con ella. Él lo hizo bien. Yo no. Él pudo. Yo no.
El Derbi madrileño ha muerto y con él también se ha ido aquello que sujetaba al Atlético de Madrid. Lo que quiera que fuese.
Madrileño, hijo y nieto de madrileños (colchoneros todos, como tiene que ser) entró en esto de escribir del Atleti por la puerta de atrás que supone el ciberespacio de internet, esa puerta que al menos consigue dar luz a un sorprendente mundo de colores donde pasan unas cosas pero se cuentan otras...
Deudor de aquel batallador espíritu rojiblanco que veía la vida desde una esquina del mundo distinta a la mayoría pero nunca exenta de orgullo, valentía y carácter, se siente por tanto en deuda por recuperar aquello que se ha olvidado pero que sigue sintiendo suyo.
Colabora con las webs Pobre Atleti e Infierno Rojiblanco y mantiene el blog “Y los sueños, sueños son”