
En cualquier caso, déjenme que les cuente algo que me ocurrió anoche, nada más llegar a la tribuna de prensa del Vicente Calderón. El termómetro marcaba cero grados, el estadio estaba vacío, desangelado, y apenas unos centenares de periodistas y políticos trataban de darle algo de color a la cosa. Nada más llegar, un compañero me dijo: “Pero Guillermo, ¿qué haces aquí, con el frío que hace?”. El caso es que a mí me sorprendió sobremanera el comentario. No entendía que a mi compañero le sorprendiera que yo quisiera estar con mi equipo.
Me sentía enormemente afortunado de ser uno de los pocos cientos de personas que habían podido acceder al Estadio, clausurado por la mano francesa de Platini. Mi amigo era incapaz de entender que el frío es mucho más que un actor secundario, que la soledad del estadio no era más que un aliciente para estar presente. Sinceramente, creo que mi compadre era del Real Madrid. Si no, me siento incapaz de entender su incomprensión. Sólo quien pertenece a un equipo neutro, plano, superprotegido e hiperpublicitado como el Real Madrid puede mostrarse tan sorprendido. Pero supongo que eso es lo que nos diferencia.
El caso es que el partido lo pasé solo, en medio de la tribuna. De fondo se escuchaban los gritos de los mil atléticos que prefirieron perderse el partido para que los jugadores pudieran sentirles cerca. Mi amigo tampoco lo entendía. Yo sonreía y volvía a sentirme afortunado de estar allí presente. Era yo solo gritando gol, yo solo desesperado por las continuas torpezas de Pernía, yo solo encerrado en la inmensa gradería del Manzanares. Me dio entonces por recordar aquellos partidos de segunda división. Jugábamos un domingo a las doce de la mañana en pleno mes de junio y frente al Eibar y en el estadio no cabía ni un alfiler. Eso es el Atlético, ese es el sentimiento inexplicable para quien no lo comparta. Pero ayer era la Liga de Campeones y no jugábamos frente al Eibar. Y, sin embargo, estaba yo allí solo, con la sensación de que algo grande estaba pasando, y con esa pancarta que parecía decir que por muchas uefas, platinis y Gerrards que nos encontremos por el camino, nada ni nadie nos separará jamás de nuestro Atleti.
He de decir que casi me acuerdo más a menudo de la eliminatoria de cuartos de la Liga de Campeones con el Ajax que del cumpleaños de mi madre. O de las galopadas de Futre por el Bernabéu. O del gol imposible de Vieri. Madrileño, 27 años y muy del Atleti. Ése soy yo.
El caso es que esta pasión rojiblanca, incomprensible para la mayoría de los seres racionales de este planeta, ha marcado mi vida. Y lo hace también en el trabajo.
Llevo tres años trabajando en los servicios informativos de la Cadena COPE. Antes estuve en Onda Cero y unos cuantos añitos en Somosradio, donde coincidí con Ucelay, Rosety y unas cuantas glorias del periodismo deportivo. Por si alguien todavía no se ha enterado, soy periodista, licenciado en Ciencias de la información por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid donde, en la actualidad, soy también profesor de Diseño de Programas de Radio.
Y en todos estos lugares, como ya ocurría en el colegio o en el instituto, ser del Atleti es una condena permanente a la soledad. Pero la grandeza no es una cuestión de cantidad, obviamente, y menudos somos Uría, Doral o un servidor para defendernos de la masa madridista.