
Este mundo nuestro siempre ha estado patas arriba. Yo no perdono un domingo sin mi Atleti, que siempre es la previa de un lunes ojeroso y largo. El fútbol nos salva a diario de las rutinas pesadas, de nuestras pequeñas miserias, de nuestros grandes fracasos. ¿Quién no ha ido al Calderón algún día con un humor de perros y ha salido dos horas después con una sonrisa de oreja a oreja? Nadie podrá convencernos de que son sólo once tipos en calzoncillos, de que nuestra vida no va a cambiar porque el Atleti pierda un partido. Nadie podrá convencernos de eso porque ya lo sabemos. Y porque nos da igual. Pero hoy, que he vuelto a abrir un periódico teñido de sangre, me ha dado por pensar en mis lunes negros y me ha dado vergüenza.
Desde hace tres días, el ejército israelí responde a los ataques del gobierno pro-terrorista de Hamas bombardeando Palestina. Ya hay más de trescientos muertos. En todos los periódicos de hoy me he encontrado la misma foto: Una mujer se tapa la cara; su marido le rodea con los brazos, como si pudiera protegerla de los infames ríos de fuego y pólvora que estallan a su espalda. El hombre sostiene con su brazo izquierdo a un niño de unos cuatro años que no sabe donde mirar. A ese chiquillo me gustaría llevarle un día al fútbol, y enseñarle las pequeñas victorias de nuestro mundo, los sencillos placeres que hacen de nuestra vida una rutina llevadera. Querría darle a esos ojos algo de esperanza, muy lejos del horror que provocan en su tierra unos señores que él no conoce. Me encantaría poder hablarle del Atleti y que él dejara de pensar en sobrevivir.
Ese es el único niño que tengo hoy en la cabeza. Por él me he despertado hoy cagándome en esos tipos que pulsan botones y firman decretos mientras la sangre ajena les rebota en la conciencia. Ese es el niño que merece hoy un mundo distinto. El mundo donde once tipos corren detrás de un balón para que unos cuantos más esbocemos una sonrisa cómoda y tranquila.
He de decir que casi me acuerdo más a menudo de la eliminatoria de cuartos de la Liga de Campeones con el Ajax que del cumpleaños de mi madre. O de las galopadas de Futre por el Bernabéu. O del gol imposible de Vieri. Madrileño, 27 años y muy del Atleti. Ése soy yo.
El caso es que esta pasión rojiblanca, incomprensible para la mayoría de los seres racionales de este planeta, ha marcado mi vida. Y lo hace también en el trabajo.
Llevo tres años trabajando en los servicios informativos de la Cadena COPE. Antes estuve en Onda Cero y unos cuantos añitos en Somosradio, donde coincidí con Ucelay, Rosety y unas cuantas glorias del periodismo deportivo. Por si alguien todavía no se ha enterado, soy periodista, licenciado en Ciencias de la información por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid donde, en la actualidad, soy también profesor de Diseño de Programas de Radio.
Y en todos estos lugares, como ya ocurría en el colegio o en el instituto, ser del Atleti es una condena permanente a la soledad. Pero la grandeza no es una cuestión de cantidad, obviamente, y menudos somos Uría, Doral o un servidor para defendernos de la masa madridista.