
Del delantero portugués recuerdo muchas cosas pero, sobre todo, la legitimación del sentimiento atlético. Él le dio orgullo a la camiseta, se la ponía como escudo, no les concedió nunca ningún argumento a los vikingos y cada partido era para él el último. De Kiko recuerdo su elegancia, su porte en el centro del campo, su identificación con los colores y, por supuesto, su infinita calidad. Pero mención aparte merece El Niño.
Fernando Torres nació no hace mucho en Madrid y sigue siendo un niño. Le dieron de pequeño un biberón a rayas y aún sigue con ellas. Sé que a muchos atléticos les incomoda que alguien hable bien de un jugador de otro equipo, y más aún de alguien que se fue del Atlético de Madrid. Pero este caso es diferente. Tenemos muchas cosas que agradecerle a Torres. Y no hablo sólo de cuestiones sentimentales. El niño fue el icono del equipo en los peores momentos. Fue el capitán muy pronto y tuvo que aparcar su juventud cuando aún no tenía barba. Sufrió en segunda división y se echó el equipo a la espalda cuando más le necesitábamos. Durante varios años, él solo ha representado el orgullo de vestir la camiseta del Atlético. Repito: él solo. En medio de una colección de mercenarios más o menos profesionales, Torres cogió la bandera de su equipo-el nuestro- para no dejarla caer en el olvido. Los atléticos sabíamos de sobra el esfuerzo que hacía y sabíamos agradecérselo. Pero fuera del Calderón nunca se valoró a Torres como se debía. La prensa del Régimen y los aficionados de otros equipos, quizá por ignorancia, criticaban a El Niño porque fallaba un gol, o porque estaba dos semanas sin marcar o vaya usted a saber por qué. Desconocían que el Atlético era “sólo” él, que él solo se metía en el cuerpo la infinita presión a la que se sometía al Atleti. Y eso con 20 años recién cumplidos. Fue el niño más grande que pasó por el Manzanares y todavía hay a quien le cuesta darse cuenta.
Pero llegó un momento en que al niño se le abrieron las puertas de Liverpool. Y se fue. Como atlético me dolió profundamente su marcha pero he llegado a comprenderlo. En esto del fútbol pasa como en la vida: a veces, no basta con querer a alguien. A veces el amor no es suficiente. Torres triunfa ahora en Gran Bretaña. Pero a los atléticos no nos sorprende. Sabemos que, por su calidad, por su entrega y por su coraje, hace mucho que es uno de los mejores jugadores del mundo. Es mentira que lo esté demostrando ahora. Ya lo demostró con creces cuando él sólo se ocupó de mantener al Atlético de Madrid en el sitio que por historia se merece. Por eso quiero desde aquí agradecerle públicamente su corazón rojiblanco. Y, especialmente, su gesta de este verano, su gol español ante Alemania y, sobre todo, su valor en el autobús en el que celebraron el triunfo en Madrid. Tengo guardada la foto de portada del ABC de ese día: sentado en una esquina del autobús aparecía Torres feliz y sonriente. Había puesto a su lado una bandera de España. Pero no una bandera cualquiera. Tenía en medio un enorme escudo del Atleti. De su Atleti. ¿Para qué más palabras?
He de decir que casi me acuerdo más a menudo de la eliminatoria de cuartos de la Liga de Campeones con el Ajax que del cumpleaños de mi madre. O de las galopadas de Futre por el Bernabéu. O del gol imposible de Vieri. Madrileño, 27 años y muy del Atleti. Ése soy yo.
El caso es que esta pasión rojiblanca, incomprensible para la mayoría de los seres racionales de este planeta, ha marcado mi vida. Y lo hace también en el trabajo.
Llevo tres años trabajando en los servicios informativos de la Cadena COPE. Antes estuve en Onda Cero y unos cuantos añitos en Somosradio, donde coincidí con Ucelay, Rosety y unas cuantas glorias del periodismo deportivo. Por si alguien todavía no se ha enterado, soy periodista, licenciado en Ciencias de la información por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid donde, en la actualidad, soy también profesor de Diseño de Programas de Radio.
Y en todos estos lugares, como ya ocurría en el colegio o en el instituto, ser del Atleti es una condena permanente a la soledad. Pero la grandeza no es una cuestión de cantidad, obviamente, y menudos somos Uría, Doral o un servidor para defendernos de la masa madridista.