
Tiene uno un vecino de abono que da la casualidad que es un buen amigo. El mejor, podría decirse. Está a punto de irse a Australia. El domingo, calor en mano, fuimos por última vez esta temporada a ver juntos en el partido frente a Osasuna. Nuestros abonos, en los confines del gallinero, auguraban una tarde asfixiante de calor. Pero, obviamente, eso era lo de menos. El campo estaba lleno. A los diez minutos, se vació. La gente seguía en su sitio pero no había sentimiento más allá de la resignación anual de quien se sabe derrotado. Humillados, vencidos, amodorrados. Yo miraba a mi amigo y me lo imaginaba en Oceanía tratando de encontrar algún canal de televisión donde poder ver los partidos de su Atleti. Miraba al campo y veía a un equipo sin casta, sin orgullo y sin corazón.
Pero algo cambió. Por primera vez en mucho tiempo, miles y miles de personas decidieron demostrarle a los directivos y a los jugadores que ellos no son el Atleti, que no son más que un paréntesis en medio de una novela larga y fructífera cuyo final está aún por escribir. El bochornoso espectáculo que nos brindaron ayer acabó por encender los ánimos y hacer que hasta los chicos del Frente se sumaran al coro indignado y rabioso. “Esa camiseta, no la merecéis”, “somos nosotros, Atleti somos nosotros”, “jugadores mercenarios”, “que se vayan, se vayan, se vayan de aquí” y así un largo etcétera de cánticos desesperados, de voces de ultratumba, esas que parecen despertar de un largo letargo.
El señor Productor de cine y el hijo de "tal y tal" han logrado durante mucho tiempo silenciar a la grada, han conseguido convencer a muchos de que, realmente, nuestro equipo sólo puede aspirar a la UEFA, han conseguido que un par de partidos venados y acelerados sean suficiente, han puesto todo su empeño para que nos acostumbremos a ser un club mediocre y tan irregular que a su lado una montaña rusa parece una sesión doble de alguna pieza clásica de Bach. Pero ya está bien.
Mi amigo Jorge no merecía ayer despedirse de esta forma del campo de sus amores, ese que cuando vuelva será ya pasto de gusanos, o un aparcamiento, o un hotel o cualquier construcción indigna. No merecía escuchar toda esa retahíla de lamentos que enfilaban los vomitorios con el gesto más cabreado que triste, más indignado que acostumbrado. “Yo a mi hijo le hago del Barça”, decía un joven cualquiera junto a un autobús de alguna peña en la que una chica apoyaba el rostro abatido contra el cristal. Por los Melancólicos desfilaba una marabunta apesadumbrada y furiosa por el espectáculo asqueroso e indigno que acababa de presenciar. Lo de menos es perder, lo de más es el engaño colectivo y orquestado de una directiva cómplice con el suicidio de historia con el que pretenden convencernos de que “el Atleti es así”. ¡Una mierda! El Atleti es otra cosa, es Futre, Kiko, Torres, Luis Aragonés. Ayer me dio por imaginarme un partido así con el Cholo Simeone.
Seguro que los jugadores evitarían entrar en el vestuario para que el argentino no les soltara una bronca monumental. Yo, si fuera Forlán, ayer habría hecho lo mismo.
Así que, querido amigo Jorge, ahora que te vas, no desesperes. El Atleti somos tú y yo, el Atleti es el recuerdo de aquellas tardes de gloria y compromiso y la esperanza de días mejores, aliviados de estos gerentes super-propietarios que se escudan en que el Atleti es una empresa que les cuesta dinero. Madre mía cómo me hierve la sangre, cómo me hierve. En fin amigo, que tengas buen viaje y que cuando vuelvas, sea cuando sea, todo haya cambiado. Tu abono seguirá en su sitio y yo estaré allí, desgañitándome si hace falta. Porque hay cosas que no cambian nunca. Esperemos que otras empiecen a hacerlo ya mismo.
He de decir que casi me acuerdo más a menudo de la eliminatoria de cuartos de la Liga de Campeones con el Ajax que del cumpleaños de mi madre. O de las galopadas de Futre por el Bernabéu. O del gol imposible de Vieri. Madrileño, 27 años y muy del Atleti. Ése soy yo.
El caso es que esta pasión rojiblanca, incomprensible para la mayoría de los seres racionales de este planeta, ha marcado mi vida. Y lo hace también en el trabajo.
Llevo tres años trabajando en los servicios informativos de la Cadena COPE. Antes estuve en Onda Cero y unos cuantos añitos en Somosradio, donde coincidí con Ucelay, Rosety y unas cuantas glorias del periodismo deportivo. Por si alguien todavía no se ha enterado, soy periodista, licenciado en Ciencias de la información por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid donde, en la actualidad, soy también profesor de Diseño de Programas de Radio.
Y en todos estos lugares, como ya ocurría en el colegio o en el instituto, ser del Atleti es una condena permanente a la soledad. Pero la grandeza no es una cuestión de cantidad, obviamente, y menudos somos Uría, Doral o un servidor para defendernos de la masa madridista.