
Pero retrasemos unas tres horas el reloj. A eso de las cuatro de la tarde, a buen seguro que la madre de aquel chaval estaba poniendo el grito en el cielo cuando veía a su marido abrigar al niño con la bufanda del Atleti. Llevaba horas nevando, luego lloviendo, y con un frío de esos que invitan a quedarse en casa con el brasero. Pero esa mujer debía dar por seguro que su marido y su hijo se irían al estadio, por mucho que ella protestara. Y así debió ser: a las cuatro y cuarto, el padre, el niño, y la sonrisa de ambos se metieron al metro entre una multitud aterida. Después de 20 minutos de empujones y agobios, llegaron al estadio. El padre le cerró la cremallera del chubasquero al niño, le caló el gorro hasta las orejas y le apretó la bufanda. Al niño sólo se le veían los ojillos y con eso bastaba para comprender su ilusión cuando sus ídolos saltaron al campo.
Volvamos ahora al inicio. El niño, ya en brazos de su padre abandona el estadio con los ojillos empapados de lágrimas mientras su padre trata de protegerlo con sus brazos del frío, de la multitud, del gentío...
Estoy seguro de que cuando llegaron a casa la esposa y madre les había preparado un chocolate caliente. Y a buen seguro que marido y mujer intercambiaron una conversación parecida a esta:
Ella: ¿Qué tal se lo ha pasado el niño?
Él: Pues hombre, mal, no entiende por qué el jefe, como llama a Cerezo, no es capaz de hacer nada para que los futbolistas corran un poco. No entiende por qué no hay ningún jugador como Torres, que se dejaba el alma en cada jugada.
Ella: ¿Y tú que le has dicho?
Él: Pues que el equipo al que él anima es mucho más que el jefe, que el entrenador, que su amado Kun y que cualquier jugador.
Ella: ¿Y te ha entendido?
Él: Creo que no.
Ella: Bueno, voy a por el Dalsy, que seguro que se ha constipado con este dichoso frío.
Él: Mierda de vida.
He de decir que casi me acuerdo más a menudo de la eliminatoria de cuartos de la Liga de Campeones con el Ajax que del cumpleaños de mi madre. O de las galopadas de Futre por el Bernabéu. O del gol imposible de Vieri. Madrileño, 27 años y muy del Atleti. Ése soy yo.
El caso es que esta pasión rojiblanca, incomprensible para la mayoría de los seres racionales de este planeta, ha marcado mi vida. Y lo hace también en el trabajo.
Llevo tres años trabajando en los servicios informativos de la Cadena COPE. Antes estuve en Onda Cero y unos cuantos añitos en Somosradio, donde coincidí con Ucelay, Rosety y unas cuantas glorias del periodismo deportivo. Por si alguien todavía no se ha enterado, soy periodista, licenciado en Ciencias de la información por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid donde, en la actualidad, soy también profesor de Diseño de Programas de Radio.
Y en todos estos lugares, como ya ocurría en el colegio o en el instituto, ser del Atleti es una condena permanente a la soledad. Pero la grandeza no es una cuestión de cantidad, obviamente, y menudos somos Uría, Doral o un servidor para defendernos de la masa madridista.