
Para el Atlético de Madrid, entrar en la Liga de Campeones es una obligación, es el mínimo exigible, es como cuando un ciudadano paga sus impuestos. Luego el tipo puede ser egoísta, mal padre, peor hijo y, a lo mejor, hasta un poco borde. El Atleti cumple por abajo. Y el problema, por muchas algaradas de los VIPS del colchonerismo, por mucho ruido que se haga desde el Palco, por muchos titulares regalados, sigue estando arriba.
Que el Atleti haya quedado cuarto, gracias a un sobrenatural Forlán, a un meritorio Agüero y al empuje y paciencia de una afición maltratada, no empaña la cruda realidad de un club estratosfericamente mal gestionado: el presidente dice no saber nada y tira de “recursos cómicos” en cada entrevista, al que realmente maneja los hilos no se le ve el pelo, y al "Suso" dicho García Pitarch mejor ni escucharle. Los silbidos a la directiva de hace dos meses no son, o no deben ser una excepción.
Con todo el civismo del mundo, pero sin vacilar ni un instante en la defensa de nuestro equipo: el Atleti se merece una gestión diferente, más profesional, alejada de los ecos de un apellido, preocupado por la cantera. No podemos permitirnos un director deportivo que insulta a Fernando Torres, a un presidente que más parece un monologuista del Club de la Comedia, y, en definitiva, a un equipo directivo que ha conseguido quitarle a la institución los años y años de historia.
Ahora bien, el año que viene el equipo estará, si se pasa la fase previa, en el escaparate de los mejores de Europa, que es donde debe estar. Y con el equipo, los miles y miles de seguidores que, un año más, inasequibles, volverán a demostrar que el Atleti no son ellos. Seguidores que volverán –volveremos- a soñar con recuperar el sitio que nos merecemos. Somos consicentes de que el Marca y el AS seguirán escondiéndonos en la página 17, lo que es inconcebible es que los propios directivos nos hayan querido esconder en la historia, propagando la mentira de que nuestra aspiración es pelearle el cuarto puesto al Villareal.
Y a modo de posdata, ahora que acaba la liga, permítanme un agradecimiento final a Sergio y a todos los que, semana tras semana, se cuelan en LVR, en este rincón casi sagrado para los atléticos inconformistas. Sé de las horas de trabajo que conlleva, pero confío en que este faro, de luz rojiblanca, permanezca abierto y en ebullición. Ellos son muchos, casi todos, pero en este espacio de libertad, casi el único de envergadura, este año se ha demostrado que la libertad es posible. Que así sea, que así siga siendo.
He de decir que casi me acuerdo más a menudo de la eliminatoria de cuartos de la Liga de Campeones con el Ajax que del cumpleaños de mi madre. O de las galopadas de Futre por el Bernabéu. O del gol imposible de Vieri. Madrileño, 27 años y muy del Atleti. Ése soy yo.
El caso es que esta pasión rojiblanca, incomprensible para la mayoría de los seres racionales de este planeta, ha marcado mi vida. Y lo hace también en el trabajo.
Llevo tres años trabajando en los servicios informativos de la Cadena COPE. Antes estuve en Onda Cero y unos cuantos añitos en Somosradio, donde coincidí con Ucelay, Rosety y unas cuantas glorias del periodismo deportivo. Por si alguien todavía no se ha enterado, soy periodista, licenciado en Ciencias de la información por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid donde, en la actualidad, soy también profesor de Diseño de Programas de Radio.
Y en todos estos lugares, como ya ocurría en el colegio o en el instituto, ser del Atleti es una condena permanente a la soledad. Pero la grandeza no es una cuestión de cantidad, obviamente, y menudos somos Uría, Doral o un servidor para defendernos de la masa madridista.