
Las buenas noticias sobre el césped solapan a las malas. La delantera, cuya tremenda calidad no sólo se supone sino que se demuestra, gana partidos por apabullamiento del rival. Se ponen los guantes y sacuden al rival una colección de directos de la que resulta más que complicado quedar en pie. El centro del campo sigue siendo una juerga, un correcalles en el que a nadie le da por parar el cuero, levantar la cabeza y organizar lo que suele ser una batalla a bayoneta calada. Nuestros capitanes en vanguardia a menudo disimulan la ausencia de un mariscal de campo, si bien no consiguen hacerla olvidar.
¿Y la línea defensiva? Sin los varios errores ridículos a los que nos tienen acostumbrados en cada choque podría decir que bueno, que me apaño, pero como los goles en esto del fútbol sobre todo llegan por errores, pues no, no me apaño. Hay mejores jugadores que el año pasado, pero esto no cuaja. No sé si es falta de compenetración, de entrenamiento, de orden, pero no hay un partido en el que no veamos al menos un par de cantadas que dejan con el trasero al aire al arquero. Y aquí aparece Leo Franco, uno de los principales artífices del resurgir. Sus paradas salvando goles cantados en momentos claves están resultando tan importantes como los martillazos de “esos bestias de delante”.
¿Y los suplentes? Escasos y mal utilizados. Con Aguirre habitualmente no son más que unos señores que acompañan al equipo en los partidos y, de entre los cuales, dos o tres saldrán en los minutos finales más por inercia o con directo ánimo de perder tiempo que para corregir alguna carencia detectada. Los cambios realizados suelen obedecer al “sota, caballo y rey” del mexicano, y me sorprende, por ejemplo, cómo Luis García sale siempre, Camacho nunca, y Miguel a veces.
De Aguirre ya se ha dicho casi todo. Ha salvado con solvencia un “match-ball” sin cambiar nada, sin que se vea ningún viraje de rumbo desde el infausto octubre, lo cual me hace pensar que su éxito se basa, más que en su solvencia como técnico y en su capacidad de reacción, en la recuperación de la cacareada pegada de de los de arriba y puede que en la intercesión de la Virgen de Guadalupe, que tanta mano tiene con los hijos del “México lindo y querido”.
Me gustaría decir, de verdad, que las cosas van mejor gracias al buen hacer de Aguirre, pero como su “hacer” me parece idéntico al que tenía cuando las cosas se iban torciendo, pues qué quieren que les diga… Por mí, si ganamos, que el vasco haga lo que le venga en gana.
Me parece que este Atleti es un equipo de rachas y le ha llegado la buena en el momento justo. Bienvenida sea, y si es con Aguirre también. Las victorias en el reino del caos valen tres puntos, igual que las otras.
¿Y en los despachos? Por favor, que me den mi dosis de morfina a ver si me olvido un rato.
Una cosa más. No me gusta que nos alegremos tan “ostentóreamente” de que nos haya tocado el Oporto en octavos de Champions. El Atleti debe ser humilde en una competición en la que su pasado reciente le sitúa como el último o el penúltimo mono. Un mono con una Mágnum 44 en cada mano, pero un mono al fin y al cabo. La prudencia y la motivación serán muy buenas consejeras en esta aventura. Chulerías y prepotencias, para el que no tenga más argumentos. Atentos y a por ellos es lo único que pido.
Además, la realidad de este sorteo es que se produce en diciembre y no se juega hasta finales de febrero. Si la eliminatoria se jugase mañana debo reconocer que sería optimista. Dentro de dos meses nadie sabe si habrá lesionados o si estaremos sufriendo una de esas pájaras estacionales y absurdas que el año pasado, entre otras cosas, nos hizo caer ante un triste Bolton cuyo emparejamiento, por cierto, también nos hizo sonreír como bobos, como sonreímos hace años al saber que nos tocaba el Osasuna en las semis de Copa o el colista Recre en cuartos.
Lo positivo y único asegurado es que la cercanía geográfica del rival permitirá una afluencia masiva de atléticos al partido de vuelta. Así sea.
Nada más. Deseo Feliz Navidad a todos los atléticos que lean estas líneas. Y también a los no-atléticos de buena voluntad. A los demás no.
Víctor Hegelman nació en Madrid en 1.970 en un hospital cerca del ya derruido Metropolitano, y de ahí, como si no hubiese otra posibilidad, se fue derecho a ser bautizado en San Isidro y a vivir frente al Vicente Calderón. Por eso se atreve a decir que el Atleti, además del equipo de su alma, es el de su barrio.
Hegelman no es periodista sino un blogger más. Su figura aparece en el 2.006 como creador del blog “Más allá de Orión”, espacio de vida breve pero intensa pero que llega a ser una referencia entre los internautas colchoneros. Transcurridos seis meses decide echar la llave y a partir de ese momento colabora puntualmente en otros blogs como Memorias de un atlético desencantado o Pasando revista, y en webs históricas del internet atlético como Infierno Rojiblanco y Señales de Humo.
Apasionado pero a su vez reflexivo y analítico, escribe sobre el fútbol y su Atleti con pulso firme y decidido. Al que le guste bien, y al que no, también. Loco por la historia del balompié y lector ávido de cualquier libro relacionado con la misma, se considera un celoso guardián de la historia colchonera, la cual, según dice, se defiende con datos y no con leyendas.