
Y no entro en el manido debate de si realmente el Atleti es o no un grande, que eso es objeto de otras charlas más específicas y de final normalmente confuso. Entro en el comportamiento y la trayectoria del siempre prescindible Nuno.
Porque el caradura Nuno “nosequé” lo mejor que ha podido demostrar en su vida futbolística es que, si estaba bien rodeado, podía pasar incluso como buen acompañante. Un jugador discreto, aceptable en el mejor de los casos y en contadas ocasiones útil cuando el equipo funciona y puede ocultar su vaguería y ausencia de condiciones entre el esfuerzo y el talento de los que visten su misma camiseta, como le ocurría en el Oporto cuando los galones los llevaba Deco.
Mal encarado, zafio, zángano, pésimo compañero… nadie le echa ni echará de menos, ni dentro ni fuera del vestuario. Y sinceramente me pregunto qué equipo, no ya superior, sino de un nivel parejo al Atleti puede quererle. Al menos es gratis (nadie quiso en verano pagar por él), y así siempre es más fácil colocar a un tarugo. De momento cuando, sabe Dios por qué, ha ido cedido a clubes grandes (Chelsea o Inter), al finalizar la cesión lo han devuelto con un lacito o una patada en el culo, según se mire.
Pero el objeto de este artículo va más allá del pobre diablo Maniche. Lo que me molesta es ver un hecho que se repite entre los futbolistas con bastante regularidad.
Cuando las cosas van bien, el equipo gana y nadie se queja, rara vez quieren marcharse y si lo hacen, no se engañen, es por la pasta. Pero cuando las cosas van mal, el equipo está en crisis y ellos en particular no dan una a derechas muchas veces aparecen con que se quieren ir a un equipo más grande, con aspiraciones o que gane títulos. Se quitan directamente de en medio y la crisis nunca va con ellos. Es más, son una víctima de dicha crisis, la cual coarta su talento y les impide progresar. Ahora es Maniche, pero el año pasado, cuando pintaban bastos en el Barça Etoo se quería ir. Y eso por no hablar de casos más sangrantes de nuestra historia no tan lejana como cuando Bejbl (¿se acuerdan?) decía que él se quería ir porque no quería jugar en Segunda o Toni Jiménez anunciaba que tenía muchos equipos “grandes” detrás de él. O cuando Solari gritaba a Zambrano en la final de Copa del 2000 exigiéndole que le metiese en el campo en la segunda mitad porque sabía que en la grada le estaban viendo los ojeadores del Madrid.
Todos, hasta los más mediocres y a las pruebas me remito, se sienten con pleno derecho para reclamar un equipo “más grande”, donde se gane con la gorra y los pases se los pongan medidos y al pie. Si el equipo en el que está es “más pequeño” a ninguno se le ocurre que lo es, entre otras cosas, porque ellos no lo hacen más grande con su supuesto talento. Ellos son los dueños de la gloria pero nunca los responsables de las crisis, y lo cierto es que pocos jugadores he visto en mi vida con la capacidad suficiente como para cambiar la mentalidad de un equipo (Maradona en el Nápoles, Pelé en el Santos, Eusebio en el Benfica, Platini en el Saint Ettiene, Schuster en sus primeros dos años como atlético…).
Si quieren un equipo grande, ¿por qué no empiezan por construirlo ellos mismos?
Y que conste que esto no sólo aplica al haragán Maniche. Aplica a toda la plantilla del Atlético de Madrid.
Víctor Hegelman nació en Madrid en 1.970 en un hospital cerca del ya derruido Metropolitano, y de ahí, como si no hubiese otra posibilidad, se fue derecho a ser bautizado en San Isidro y a vivir frente al Vicente Calderón. Por eso se atreve a decir que el Atleti, además del equipo de su alma, es el de su barrio.
Hegelman no es periodista sino un blogger más. Su figura aparece en el 2.006 como creador del blog “Más allá de Orión”, espacio de vida breve pero intensa pero que llega a ser una referencia entre los internautas colchoneros. Transcurridos seis meses decide echar la llave y a partir de ese momento colabora puntualmente en otros blogs como Memorias de un atlético desencantado o Pasando revista, y en webs históricas del internet atlético como Infierno Rojiblanco y Señales de Humo.
Apasionado pero a su vez reflexivo y analítico, escribe sobre el fútbol y su Atleti con pulso firme y decidido. Al que le guste bien, y al que no, también. Loco por la historia del balompié y lector ávido de cualquier libro relacionado con la misma, se considera un celoso guardián de la historia colchonera, la cual, según dice, se defiende con datos y no con leyendas.