
Recuerdo cómo hace algunos domingos asistí a un partido de la regional madrileña en la sierra noroeste de Madrid. Aquel encuentro estaba dirigido por un colegiado peculiar por su envergadura física, dado que el buen hombre debía medir aproximadamente 1,80 y pesar más de 120 kilos. Es cierto que daba no sé qué verle moverse y resoplar en un espacio de no más de veinte metros tratando de seguir a duras penas las jugadas.
No viene al caso aquí repasar las habilidades técnicas y físicas del colegiado, ya que, si estaba en esas condiciones dirigiendo un encuentro, el Colegio Madrileño sabrá los criterios de selección que utiliza. Lo que sí viene es recordar cómo un energúmeno desde la grada, con la ayuda de un megáfono, se pasó el partido entero humillando al señor árbitro por su excesivo peso y, ya que estaba en esas, acordándose en términos especialmente graves de sus cognados y sus agnados. Y señores, a nadie del público le pareció mal. Incluso a más de uno le parecía graciosísimo, incluidos los señores policías que velaban por la seguridad en las "gradas". Supongo que todo el mundo lo consideraba un comportamiento normal dentro del mundillo del fútbol.
Yo lo que me pregunto es qué habría pasado si el árbitro hubiera sido negro, y en vez de "gordo asqueroso" fuese llamado "negro asqueroso". Supongo que nada, ya que se trataba de un partido de regional y en esos campos de Dios cosas mucho peores se han visto, sin embargo, entiendo que algunos de los que reían habrían mostrado su indignación por el acto racista. Y lo que realmente me pregunto es si eso sería racismo o simple y llana mala educación, gentuza en estado puro que busca la diferencia en la minoría para convertirla en escarnio. ¿Por qué humillar a un caballero de raza negra por su piel es horrible y a uno de raza blanca por su peso, no? ¿No es humillante en ambos casos?
Sí, vivimos en una época en la que gritar "uh, uh…" cuando coge el balón un jugador negro es lo peor que hay. Te sancionan, te cierran el estadio… Vale, pero por otro lado, insultar durante un partido entero a un jugador blanco, cagándose en sus vivos y en sus muertos, burlarse con ánimo vejatorio de alguien por su peso, su calvicie, su cojera o sus preferencias políticas, lejos de ser un acto recriminable se considera algo tan corriente como la redondez del cuero. Son cosas del fútbol, su salsa, pero vaya por Dios.
No, no puedo entender por qué la mala educación se vitorea como graciosa en unos casos y otros se condena con amargura y vergüenza. Ya, ya lo sé. Es que cuando es racismo es peor, mucho peor. Pero, ¿acaso eso justifica que si un jugador blanco se dirige al árbitro porque desde la grada le insultan el árbitro le mande a freír espárragos, y que si es negro se pare el partido, conste en acta y sancionen al propietario del campo?
Es curioso. Con respecto a lo que pasa en el césped los estadios se han convertido en auténticos amplificadores de la realidad. Las reglas cambian. Así, si alguien a un negro en la calle le hace a la cara un patético "uh, uh…" no creo que vaya ningún policía a detener al mofante. E imagínate lo que pasaría si el agredido fuese a denunciar el hecho a comisaría… Se parten de risa. Igualmente, si alguien me tira un vaso de plástico y casi me salta un ojo, todo lo más llegaré a un juicio de faltas con el agresor, pero si soy futbolista y estoy en un campo de fútbol de Primera el salvaje duerme entre rejas. Y así tenemos unos cuantos ejemplos.
En cambio, de césped hacia fuera, es decir, en las gradas la cosa cambia y el efecto es netamente amortiguador. Si voy de visitante a un estadio con mi bufanda al cuello por supuesto que se me puede faltar, escupir, amenazar de muerte… e incluso, mire usted, me puedo llegar a hacer famoso si me pegan una paliza y la cuelgan en Youtube. Ya, ya, las cosas del fútbol y su puñetera salsa, que a mí, ya ven, se me atraganta.
No sé. Alguien me dijo hace tiempo que confundir la mala educación con el racismo en los estadios era confundir la velocidad con el tocino. Pues caballeros, si ése es mi problema, tocino y velocidad continúan a día de hoy demasiado próximos en mi cerebro, y eso no puede ser bueno.
Víctor Hegelman nació en Madrid en 1.970 en un hospital cerca del ya derruido Metropolitano, y de ahí, como si no hubiese otra posibilidad, se fue derecho a ser bautizado en San Isidro y a vivir frente al Vicente Calderón. Por eso se atreve a decir que el Atleti, además del equipo de su alma, es el de su barrio.
Hegelman no es periodista sino un blogger más. Su figura aparece en el 2.006 como creador del blog “Más allá de Orión”, espacio de vida breve pero intensa pero que llega a ser una referencia entre los internautas colchoneros. Transcurridos seis meses decide echar la llave y a partir de ese momento colabora puntualmente en otros blogs como Memorias de un atlético desencantado o Pasando revista, y en webs históricas del internet atlético como Infierno Rojiblanco y Señales de Humo.
Apasionado pero a su vez reflexivo y analítico, escribe sobre el fútbol y su Atleti con pulso firme y decidido. Al que le guste bien, y al que no, también. Loco por la historia del balompié y lector ávido de cualquier libro relacionado con la misma, se considera un celoso guardián de la historia colchonera, la cual, según dice, se defiende con datos y no con leyendas.