
Los ejemplos son numerosísimos a lo largo y ancho del Planeta Tierra, si bien yo me voy a centrar inicialmente en la ciudad de Madrid donde coexisten, dentro de esta adjetivada atmósfera, Atlético y Real, a la sazón, indios y vikingos.
El origen del término indios data de los años 70, cuando el club rojiblanco contaba con numerosos jugadores sudamericanos, algunos de los cuales eran “técnicamente” denominados “oriundos” por tener, inventados o reales, ancestros españoles identificables. Así, mientras que algunos tenían de verdad un abuelo español, el de otros había nacido en conocidas ciudades de la piel de toro como Celta, Osasuna o Betis.
A lo que iba. El Atleti contó entonces con un buen número de estos jugadores del sur de las américas (recordemos a bote pronto a Ovejero, Panadero, Ayala, Cacho, Becerra, Benegas, Pereira, Leivinha, Rubén Cano…), y debido a este hecho diferencial se comenzó a llamar a los jugadores atléticos “indios”, mote que se consolidó años después en sus seguidores. Los orígenes de este apelativo, por tanto, fueron de índole cercano al racismo y por cierto, la feliz idea no nació en el Bernabéu sino en el Helmántico de Salamanca.
Por su parte, el término vikingos tiene asimismo un origen marcadamente despectivo y, desde luego, no alude al coraje de los guerreros escandinavos sino a los cuernos que lucían en sus cabezas.
Así, el mote comienza cuando a la peña Las Banderas, germen inicial de Ultras Sur, se le ocurre venir al Calderón con una especie de escudos de cartón simulando cascos vikingos. Entonces, desde el entorno rojiblanco la mofa se centrará en las astas, pasando a llamarles “cornudos” y en ocasiones “toros” (de hecho, desde las gradas del Calderón se imitaba el sonido de las vacas para captar la atención de los hinchas blancos), pero no se les llamaba vikingos. Se les comienza a llamar así por una asimilación de concepto con sus odiados vecinos de la capital. Si unos eran indios por el origen geográfico de sus jugadores, otros serán vikingos por el de los suyos, ya que mientras el Atleti fichaba sudamericanos el Madrid miraba al frío mercado centroeuropeo con los Stielike, Breitner, Netzer y Jensen. Ya, ya sé que alemanes y bárbaros vale, mas alemanes y vikingos no, pero ya que teníamos los cuernos ahí era una pena desaprovecharlos, y así, del binomio cornudos y germanos se crearon estos vikingos “ad hoc”. Pero insisto, por si alguien no lo ha cogido, que vikingos sí, pero por los cuernos que no por la bravura.
Lo curioso viene después con la mitificación que ambos bandos han hecho de sus motes originariamente despectivos e insultantes. A partir de los últimos ochenta, los seguidores atléticos se convierten en bravos guerreros de las llanuras norteamericanas preparados para cepillarse al ejército de Custer en Little Big Horn (cuya curiosa traducción, dadas las circunstancias, es “pequeño gran cuerno”). Mientras, en la Castellana, los madridistas dejan de ser reses mansas y se imaginan como aguerridos navegantes preparados para lanzarse al océano en busca de aldeas que saquear (aquí la realidad, bien vista, no se aleja tanto de la ficción). Y así, felices, ambas aficiones exhiben sus colores de guerra y sus miembros se sienten orgullosos por ser llamados “indios” o “vikingos”. La realidad por tanto es que los orígenes auténticos se pierden, ya que ningún atlético imagina su apodo pensando en individuos ataviados con un poncho de colores en tierras andinas, ni ningún madridista se autoproclama “vikingo” feliz y orgulloso por no tener de dicho término más que un par de considerables cuernos.
Por cierto, lo de que los del Atleti son indios porque acampan al lado del río, su jefe es Caballo Loco y odian al hombre blanco no es más que un ingenioso chiste acuñado en los noventa, y tan bien traído como aquel otro que compara la sala de trofeos del Madrí con “El rastro” (todo lo que hay es robado). En fin.
En cualquier caso, este orgullo por los motes, asumiéndolos, perpetuándolos y, en ocasiones, reinventándolos no se ciñe sólo a la capital de España. Sin ir más lejos, en Barcelona los culés son llamados así por los culos de sus primeros aficionados, los cuales a principios del XX se sentaban sobre un muro para ver a su equipo y desde fuera del campo la imagen ofrecida a los viandantes era esa, la de una hilera de traseros. Pero oye, culés y orgullosos, que no faltaba más.
Y lo de Argentina tiene casos de traca. Boca y River son Xeneizes por el gran número de seguidores entre los emigrantes italianos en el siglo pasado (xeneize significa genovés en un dialecto italiano) o Millonarios (el equipo de los ricos). Pero además los de Boca son también llamados bosteros por el olor a “bosta” (mierda de caballo) de la calle en que jugaban en las primeras décadas del siglo XX. Bostero, por tanto, significa algo así como mierdero, pero ellos lucen orgullosos el apelativo (“Yo soy bostero” dicen sus bufandas). A los de River en cambio no les hace tanta gracia lo de “las gallinas”. Será porque no tenían por dónde cogerlo, aunque los de Boca tampoco tenían mucho que coger y sí que lo agarraron, aunque manchase.
La de Rosario también es buena. En los comienzos del siglo pasado se iba a jugar un partido en beneficio de un hospital de leprosos. El Newell´s acudió al mismo y el Central (no sé por qué motivo) se negó a jugarlo. Desde entonces los del “ñuls” son leprosos y los de Central canallas, y ambas aficiones se autoproclaman leprosos y canallas en sus cánticos con gran orgullo. Igualmente, los hinchas de San Lorenzo fueron “camboyanos” y “carasucias” y a día de hoy “cuervos”, los de Gimnasia y Esgrima lucieron como “triperos” y “basureros”, los de Estudiantes “pincharratas”… y todos tan contentos con sus apodos. Y no seré yo quien les quite la ilusión. Sólo es que me sorprende que, mientras en España lo maquillan o reinventan, y en Argentina lo abrazan con humor. Mejor así.
En cualquier caso, si son tan amables, a mi me dicen atlético, y lo de indio lo reservan para el que lo prefiera. Sin acritud. Cuestión de gustos.
Víctor Hegelman nació en Madrid en 1.970 en un hospital cerca del ya derruido Metropolitano, y de ahí, como si no hubiese otra posibilidad, se fue derecho a ser bautizado en San Isidro y a vivir frente al Vicente Calderón. Por eso se atreve a decir que el Atleti, además del equipo de su alma, es el de su barrio.
Hegelman no es periodista sino un blogger más. Su figura aparece en el 2.006 como creador del blog “Más allá de Orión”, espacio de vida breve pero intensa pero que llega a ser una referencia entre los internautas colchoneros. Transcurridos seis meses decide echar la llave y a partir de ese momento colabora puntualmente en otros blogs como Memorias de un atlético desencantado o Pasando revista, y en webs históricas del internet atlético como Infierno Rojiblanco y Señales de Humo.
Apasionado pero a su vez reflexivo y analítico, escribe sobre el fútbol y su Atleti con pulso firme y decidido. Al que le guste bien, y al que no, también. Loco por la historia del balompié y lector ávido de cualquier libro relacionado con la misma, se considera un celoso guardián de la historia colchonera, la cual, según dice, se defiende con datos y no con leyendas.