
Tras las riendas, hay una armadura. Desgastada. Ajada. Curtida. Vestida de una herrumbre, que se desliza por la collera y el peto hasta agarrar los hierros del guantelete. A través de su óxido, se puede descubrir un blasón que cubre el pecho en sus cuatro cardinales. Un Escudo que muere en escote, enrejado entre ocho barras blancas y rojas. Con una escuadra en su ángulo superior derecho, orlada en azul ultra, sobre la que se esparraman en perfecta formación siete estrellas color nieve. Y que contiene entre su trío de vértices, la figura de un plantígrado intentando ganar la copa de un madroño.
Una adarga en idénticas formas, se apoya sobre su siniestro brazo. Mientras el diestro aguanta la verticalidad de una lanza que suspira por acariciar la barriguita de las nubes con su punta. Siguiendo sus vertiginosas paredes cilíndricas, la vista topa con el yelmo. Precioso. Simbólico. Único. Aquel que, según cuenta la leyenda, llevara el moro Mambrino cuando el caballero Reinaldos descabalgó en aquella de Montalbán. Sí, ese mismo que el rudo Sancho confundiera con una bacía de barbero. Como confundió los gigantes con molinos.
En torno al caballero de la Escotada Figura, no hay pajes ni doncellas. Ni viandas, ni ducados. Ni guadamecís cordobeses que abriguen del socaire a su jaco. Ni piedras preciosas que se entallen sobre sus hierros pulidos por doce brazos de doce tribus. Sólo lleva consigo una talega de cuero del Manzanares, bien atada a su cintura. Aguarda, impaciente, al otro lado de la avenida de hierba.
En cuya opuesta parte, se arremolinan gentes y palmeros. En torno a un caballo blanco, tono Santiago, que también culea sobre las maderas que cierran la pista. Cuyo aire sale a borbotones por los morros. Tan grandes. A través de los asientos, se corre la voz de que “va sobrao”. Mientras cuatro, piensan “nos los comemos”. El aire despeina su crin engominada. Se marca un paso andaluz de Nikon, que mata con una inmovilidad a lo victoria. La de la Hispania y el olor a ajo. Quedan sus pupilas gris arrogancia agarrando el horizonte que más a mano le queda. Embobao. En tanto un apretón súbito de riendas, le obliga a girar el cuello en fotogénico ademán. Y el corcel se agita inquieto sobre esa baldosa de verdín, donde ya fueron driblados por el Ratón. Antes de ser Super-.
Sobre la silla incrustada en pedrería, descansa una armadura. Brillante. Pulida. Refulgente. Tocada con una banda blanco norit, que abraza la dorsal, para fundirse en un nudo. Gordiano. Sobre los destellos del pecho, se repuja el escudo de armas. Redondo, a lo Fernando. Partido en su diagonal por una banda azul marino. Mari, no veas qué banda… Y una corona en su cúspide. Real. Como la prensa misma.
Blasón que se repite en el relieve y forma en la rodela que soporta su siniestrísimo brazo. En tanto el derecho hace pinza sobre la más enhiesta y lúcida de las lanzas. La lanza. Que traspasa las nubes, sin conocerse entre humanos ni divinos adonde acaba su extremo. Si en realidad acaba… Luego, también deslumbra la celada. Un casco perfecto, simétrico, sin arañazo alguno o rebaba que empañe sus formas. Ese que, según revela la línea editorial, fue manoseado por Amadís. De Jauja.
En derredor del caballero de la Blanquísima, Muy Noble y Purísima Silueta, se arremolinan barones, doñas, bufones y mamporreros. Algunos, se parten el espinazo en recoger sus caramelos, podridos, como los ilegales. Otros, las migajas de su mesa y mantel. Las doncellas insinuan escotes. Los pajes, cuentan los ducados que pone. El cuerno de la abundancia, junta materias con el de la arrogancia. Y los potosís, maravedíes, reales de vellón y doblones, sobresalen por las hendiduras de la armadura. Espera, arrogante, al extremo opuesto de la calle tapizada en hierba.
Cuando la princesita que preside la grada, deja caer el pañuelo, marca Magerit, las monturas emiten un relincho. Empieza la justa. Que acabará siéndolo o no. El trote, va dando paso al galope. Como el juego de niños, sobre las rodillas del abuelo. Las crines, comienzan a rozar los pechos. Los escudos, se empiezan a posicionar sobre los costados. Las lanzas, van celebrando su ritual arco hasta colocarse perpendiculares al caballero. Amachambradas sobre los sobacos. Cuyo sudor, se llegará a mezclar con el de la frente.
La primera embestida, es brutal. La segunda, salvaje. A la tercera, no va la vencida, pero sí los jinetes al suelo. Partidas las lanzas, los contendientes echan mano de las espadas. A mandoblazos, dirimen sus cuitas. Pim, pam; pim, pam. Se para un golpe franco. Hay vaselinas que no llegan a su destino. Un ataque a la uruguaya. Faltas a ras de hierba. Estocadas que buscan la grieta entre el armazón. Un pájaro de buen agüero sobrevuela la escena. Pasos largos. Pases cortos. De pecho. Remates a bocajarro. Otra fiera ruge en las inmediaciones. Atajadas de ensueño. Defensas de pesadilla. Pesadillas que se muerden la cola…
Ha comenzado a nevar. Y la sangre, se liga con los copos. Cada cual en su color. Sin mezclarse. El último golpe, resuena en metálico sobre la castellana pradera. Sólo lo jalean cuatro. Mientras el público de general y bastón de mando, contempla entre el silencio y el horror, el cuerpo destrozado del caballero de la Blanquísima, Muy Noble y Purísima Silueta, antes de estallarse contra el suelo. No hay polvo que morder. Sólo sangre y nieve. El caballero de la Escotada Figura, echa rodilla a tierra, justo al lado de su víctima. Desengominada. Sucia. Magullada. Humana. Coloca con parsimonia, casi ceremoniosamente, la taleguilla que ha venido rodando a golpe de espadón, amarrada a su cintura, sobre el pecho del caído. Apenas se reincorpora, cuatro gatos, del Madrid más gato, se abalanzan sobre el óxido de su armadura y el sudor de su cuerpo. Y así, abrazados, envueltos en brocales de júbilos y pedrería de sentimiento, abandonan a paso quedo el rectángulo de juego.
Dejando envuelto en la talega, ese diente de leche. De aquel hijo perdido para la Causa.
Un cordial saludo, atléticas. Atletistas. Indias. Colchoneras. Saludaos quedan también los tíos, se sobreentiende, que no hace falta una ministra pa' que se sepan estas cosas tan básicas...
Mi nombre, en el barrio, es Luismi, aunque por 'interné' se me conozca por Cochise. En esto del Atleti, llevo “secuestraó” tanto como muchos, más que algunos y menos que otros. Hasta finales de los 70, no creo que tuviera constancia firme de que alguien por allá arriba me tocó con una varita a Rayas. Ya sabéis el color, no insisto. ¡Ah! Y que en mi barrio de casi toda la vida, se inauguró hace no mucho un polideportivo al que bautizaron como “Luis Aragonés”. Cual pica en Flandes. Y que eso de escribir y pintar, me viene de cani; en plan autodidacta, que menudos somos los atléticos pa' que nos ordenen...
Como las presentaciones personales, así, con el mando a distancia, no me van ni medio mucho, voy a dar por concluido el prólogo. Iré asomando mi biografía atlética con algún articulillo que los “jefes” me vayan dejando colgar. Supongo, que como a otros compañeros que darán el callete por aquí, con su particular visión del Atleti.
Pues hale, a la “compota”. Que hay mu buena fruta pa' hacerla. Sin tener necesariamente que ser manzanas “manolete” ni fresones “ruiz”. Ni, por supuesto, guindos “de la parra”.
Que sea lo que Neptuno, y sus hijos, quieran.
S I E M P R E A T L E T I.-