
No soy del Atleti porque tengamos al mejor o al más guapo o porque ganemos más de lo que perdamos. No soy del Atleti porque quiero ganar aunque quiero ganar, no soy del Atleti porque no soporto perder, soy del Atleti precisamente porque sé perder, porque sé que las victorias no se conocen de verdad hasta que no se ha vivido en la derrota.
Soy del Atleti porque se me eriza la piel cuando recuerdo, y cuando pienso en los colores rojo y blanco y porque la camisa no me llega al cuerpo cuando entro por una de las bocanas del estadio Vicente Calderón. Soy del Atleti porque hay una Historia detrás, una historia que ha determinado el modo de vida de muchas personas, que ha forjado subterráneamente la personalidad de tanta gente de la que de una forma o de otra yo también procedo.
Ahora todo eso se ha perdido, todos le han perdido el respeto al Atleti, a lo que significa ser del Atleti. Empezando por la afición. Sí, empezando por la afición, que está adocenada y a la que no le importa que el Atleti esté dejando de existir. Y ya no hablo de dejar de existir físicamente, no hablo de desapariciones futuras y ficticias. Hablo de una desaparición real, que todos nosotros estamos viviendo y que ayer en Huelva tuvo un nuevo y humillante capítulo. Hablo de que jugadores patéticos vistan esos sagrados colores sin saber maldita la cosa que significa eso. Sin saber qué es lo que representan y qué es lo mínimo que se les exige. Gente que ha perdido el respeto no sólo por nosotros sino por su propia profesión. ¿Por qué? Porque les da igual, porque no les interesa nada, porque no sienten esta pasión que se agota y porque no les duele en el alma, ni se les encoge el corazón. Porque no hay ningún vínculo que los una con el sentimiento, nadie que sepa contarles quién era Gárate o ya no diría Gárate, sino incluso Pizo o Bustingorri, gente honrada, honesta, comprometida, leal y cualquiera de todos esos calificativos que acabaron conformando la personalidad de la que antes les hablaba. No hay nadie ni en el vestuario, ni entre los que dirigen, ni siquiera tal vez en la grada. Y lo que queda es eso, un Atleti moribundo, el Atleti del que yo soy, del que siempre fui, desapareciendo de a poquito, imperceptiblemente, casi sin darnos cuenta, salvo en sacudidas como la de ayer, que te rebelan de nuevo y te hacen al menos escribir unas líneas para repetir de nuevo la misma gastada canción. Ese Atleti, el mío, se está muriendo y a cambio queda un negocio, un club de fútbol falsamente moderno y verdaderamente rancio, con campañas de publicidad para orientar la opinión y tal vez la nueva forma de ser de una afición que va a desaparecer y unos directivos nefastos, y una gestión nefasta, y mucho dinero mal gastado y un balance deportivo nefasto y todas esas cosas nefastas que ya todo el mundo sabe y que no voy a repetir. Y por supuesto un nunca pasa nada. Una tranquilidad fingida, un huir hacia delante. Y poco a poco, una afición a la altura del equipo, una afición vulgar, como cualquier otra, una afición que no es la del Atleti, de la que a la vuelta de algunas generaciones no quedará ni rastro.
No quedará ni rastro de nosotros mismos.
José Luis Pineda Requena es un cordobés que nació con el veneno rojiblanco inoculado en sus venas.
Informático de profesión, ahora trata de aferrarse a la que es su verdadera vocación: la escritura. Después de haber obtenido varios premios de poesía y relato corto, se encuentra inmerso en el ilusionante proyecto de escribir su primera novela.
Podríamos decir que habita en ese incierto y exiguo terreno que separa a un escritor incipiente de uno frustrado.
Apasionado del fútbol y del Atlético de Madrid por encima de todas las cosas de este mundo, colabora como articulista y tertuliano en medios de prensa cordobeses tales como Cordobadeporte.com, Onda Mezquita televisión o Punto Radio Córdoba.
Blog personal: Capitán Alatriste